Publicado en EtcéteraMiraflores N°1

El escritor Jeremías Gamboa ha hecho de su narrativa un recorrido íntimo de Lima en el que el distrito de Miraflores es un terreno de luchas personales, sociales y literarias.

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«¿Por qué tengo que volver a publicar?», pregunta Jeremías Gamboa. «Si no sale algo bueno no lo publico y ya». Gamboa ya no tiene miedo a escribir. Después de la publicación de Contarlo Todo, su primera novela, en la que retrata el terror de la posibilidad de fracasar como escritor a través de su personaje Gabriel Lisboa, ha llegado a lo que él llama la «meseta»: un lugar, un momento, una situación, en la que hay vida más allá de una historia que contar. Tiene columnas que escribir, talleres que dictar y una hija que cuidar. Su meseta es un segundo piso abstraído del sonido del tráfico de la avenida Benavides. «Contarlo Todo me ha dado tranquilidad, me ha permitido tener una autonomía en un momento en el que además soy padre. Proveo, que es algo tan importante, sin dejar de vivir el asunto de la escritura». Gamboa agita siempre el pie de la pierna que cruza. «Eso ya es un sueño y lo estoy viviendo en Miraflores».

El distrito de Miraflores, en sus libros, es el destino de los viajes urbanos y personales de sus personajes. En la realidad, es también el punto de partida de la vida en Lima de sus padres ayacuchanos que, en los cincuenta, se instalaron en un corralón donde trabajó su madre, cerca al parque Issac Rabin del malecón. «Era como un rincón cerca del cielo», sonríe. «Ellos migraron a una Lima más pequeña y en ese momento la periferia era La Parada. Mi papá, al llegar, tuvo un recorrido clásico: La Victoria, Centro de Lima, Surquillo. Cuando recogía a mi mamá la recogía de Miraflores», hace una pausa. «Ellos abren los ojos, salen a pasear y se enamoran en Miraflores. Es el lugar donde el amor de mis padres prendió. Es un espacio hermoso».

La literatura de Gamboa es una herencia tácita de la historia de sus padres. A Contarlo Todo –«un relato conmovedor que nos muestra la forma de encontrar un lugar en el mundo y la construcción de la identidad propia»– se le calificó como una novela de «movilidad social» y en varias ocasiones Gamboa ha dicho que sí, que lo que le interesa es la sensación de «alguien transitando la ciudad». Desde los ocho cuentos de su primer libro, Punto de Fuga, esa es la sensación. Algo así como lo que dijo Lou Reed y que Gamboa cita en un epígrafe de los relatos: “Jesus, help me find my proper place”.

Gamboa no se percató de esto hasta después de varias ediciones y los comentarios de sus editores. «Ellos hablaban del rostro de una Lima, de una imagen de la ciudad que yo no había previsto», recuerda. «Para mí el personaje siempre es más importante incluso que la historia. La ciudad es más como un escenario que acoge y reproduce las sensaciones de las personas». En sus textos los personajes avizoran la solución de sus dramas así como ven el horizonte despejado al final de la avenida Larco, sienten que vuelan cuando pedalean en los malecones llenos de neblina y gritan que Lima es un infierno y por eso es una maravilla, por ejemplo. Incluso, pocos meses después de la publicación de su novela, apareció en internet La Lima de Gamboa, un documental corto en el que recorre el centro de Lima, Miraflores y Barranco. Las ciudades también habitan a las personas.

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Son las siete de la noche y mientras Gamboa habla de lo estimulante que es la ciudad para la ficción, en la avenida, que está a una cuadra, los carros hacen sonar las bocinas con insistencia. ¿Cuánta literatura hay en verdad en el caos limeño? «Cuando uno transita la ciudad uno no se detiene a mirarla. Leer es mirar tu ciudad desde los pies de otra persona. Te propone otro recorrido, la enriquece, la altera. Hace que ciertas cosas intolerables se vuelvan interesantes porque van cargadas de información».

Viviendo en el distrito de San Luis, su Lima la empezó a configurar faltando a la clases del colegio –«para un chico de trece o catorce años el centro era el lugar donde estaba todo lo picante»–, cuando vendía máquinas de afeitar en la calle –tema del cual se niega a hablar más porque es material para historias futuras– y continuó luego «encarándose» a la ciudad durante sus años como cronista callejero. Pero cuando decidió convertir todas aquellas experiencias en literatura, la familiaridad con los escenarios se convirtió en un problema. «Las crónicas estaban hechas de lo que ocurría», cuenta en el documental, «pero la ficción estaba hecha de los temores y deseos de uno».

«Todavía no sabía formular las cosas. Era chibolo y era pura intuición. Lo que no tenía era distancia, perspectiva, no había dado un paso atrás para ver distinta la realidad. Y eso es lo que hace la literatura: extrañar la realidad», recuerda. En Colorado, Estados Unidos, terminó su primer libro y cursó un máster de dos años sobre literatura hispanoamericana. Allá también leyó Ciudad de Payasos, del escritor peruano Daniel Alarcón. «Sentí que me estaban pateando la cara», confiesa. «Sentí que él estaba haciendo todo lo que yo no era capaz de hacer. Y me parecía que era una goleada en mi cancha porque encima él no había vivido aquí. Su historia tenía una autoridad que me dejó huevón. Ahí me di cuenta que yo no estaba mirando mi realidad con la suficiente extrañeza».

Tampoco podía olvidar a Gabriel Barrios, el personaje de la novela de Jaime Bayly de La noche es virgen, que se refiere a todas las personas mestizas que aparecen por las calles de Miraflores como brownies. «Me llegó al pincho y me provocó contestar o reponer la imagen de ese brownie», revela. De ahí que Punto Fuga inicie con la historia de un personaje que vive en un edificio aparatoso, horrendo y delirante de Miraflores, que, ahora que lo piensa, puede representar la necesidad de querer pertenecer a un lugar pero sin estar en él realmente. O el cuento La conquista del mundo en el que, desde El Agustino, una chica viaja hasta Miraflores, acompañada de su hermanito menor, para visitar a una amiga del colegio. O en Contarlo Todo, donde Gabriel Lisboa se muda de Santa Anita a Miraflores. «Bayly me molestó para bien, porque no se trata de refutar la novela, sino de complementar esa interpretación», se ríe. «La literatura que mantiene las etiquetas sobre las personas es una literatura que particularmente no me interesa».

Casi 10 años después de la primera experiencia literaria, Gamboa dice que ya no se desespera. «Ahora la novela es un terreno conocido. Cuando escribí Contarlo Todo fue una locura porque no sabía cómo hacerlo. La única manera de saber cómo se hace una es haciéndola. Ahora, cuando las cosas no van y todo se entrampa, me perdono mucho más». Lo que vendrá será una historia familiar de herencias entre sus generaciones. Con la idea de la siguiente novela ya en la cabeza, Gamboa siente que ya se avecina el tirón de la escritura. «Si no sale algo bueno no lo publico y ya», advierte. «¿Por qué tengo que volver a publicar?».

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