Publicado originalmente en la revista Velaverde N° 139

A poco de cumplir 65 años, el periodista Rafo León acaba de publicar su primer libro de ficción Cualquiera daña a otro. A raíz de la nueva exploración que inicia habla sobre la deuda que tenía con su profesión, los recuerdos personales que se colan en los relatos, la experiencia con las editoriales y cómo los viajes son la solución para un hombre antisocial.

Feis-Rafo-León

Rafo León acaba de llegar a su casa y ha abierto una botella de vino para relajarse después de pasar 45 minutos en el tráfico de la hora punta de Lima. Las paredes de los dos departamentos continuos que ocupa con su esposa están casi totalmente cubiertos de pinturas y los recuerdos de los infinitos viajes que ha realizado ocupan en orden cada espacio restante y la superficie de todos los muebles, incluso parte del piso. El ambiente de su casa es la prueba de cómo el trabajo como periodista de viajes marcó para siempre su trayectoria a pesar de haberla iniciado a los cincuenta años.

Sin embargo, ahora, a los 64, ha decidido incursionar en la ficción. Probablemente, dice, como preparación para la etapa sedentaria de la vida. El periodista de las largas caminatas empieza a pensar en el descanso y para ello tantea un nuevo terreno con la publicación del libro de nueve relatos Cualquiera daña a otro (Planeta). Historias en las que un joven evangélico decide realizar películas de porno gay para sustentar a la familia, en las que una pareja de esposos termina sus vacaciones en las manos de un extorsionador, en las que dos amigos se enfrentan a las carreteras y las extrañas personas que uno se puede cruzar en ellas, o en las que un académico se ve obligado a compartir una noche con los mendigos que viven en un estacionamiento. Cuando León inventa se trata de historias en las que vidas comunes se tienen que enfrentar de golpe a lo inesperado. Como él, ahora, con la literatura.

Hace dos años, el mismo día que descubrió que tenía “una manía megalomaniaca” de solo iniciar una tarea si tenía un objetivo muy concreto y alto, en vez de hacer la siesta se descubrió escribiendo el boceto del primer cuento de su nuevo libro. “Descubrí eso que dice Vargas Llosa con tanta claridad: que la ficción es la compensación a la vida de mierda que tenemos. Descubrir el gusto era muy importante”, cuenta mientras sacude su camisa para ventilarse.

Tú estudiaste literatura ¿Qué pasó que hasta ahora no te habías dedicado a ella?

No la estudié para ser literato, sino porque me interesaba y me sigue interesando la teoría literaria. Eran los setentas y era la época del “boom”, había mucha producción literaria y también de pensamiento literario. Me apasionaba toda la relación con lo real maravilloso, con el surrealismo. Me parecía interesantísimo conocer desde distintas perspectivas la dramaturgia, la literatura eslava, la italiana clásica, el latín.  Era un mundo fabuloso del que me he ido alejando pero que es sumamente interesante. Pero no pretendía aprender a escribir. No era una idea compulsiva ni desesperada. Y lo digo porque me da cólera cuando se publican huevadas

¿Cómo así llegaste a la conclusión de lo que tenías ya era publicable?

Tuve una ayuda invalorable desde el comienzo de Hernán Migoya. Tengo una confianza ciega en él. Me ha monitoreado durante todo el tiempo los cuentos, ha sido una especie de editor y también me ha alentando cuando estuve a punto de tirar la toalla varias veces.

¿Por qué?

Porque no tengo tiempo de nada. Es una especie de preparación para la etapa sedentaria de mi vida. Dependerá de cuánto me acepte el público y otras miles de variables que no me quitan el sueño. Esto solo tiene importancia para mí. Hoy salió una crítica demoledora en Perú 21, de un chico (Jose Carlos) Yrigoyen que no sé quién es.

Publicar requiere enfrentarse a esas cosas ¿no?

Si lo tomas como un enfrentamiento. Tengo pellejo de tanqueta. Lo que diga un crítico sobre mi obra, sea buena o mala, me deja igual de frío.

¿Te ha gustado el cambio de periodista de viajes al escritor de ficción?

Sigo siendo un periodista de viajes antes que nada porque de eso vivo.

Claro, incluso en los cuentos por momentos se escapa mucho el cronista de viajes. ¿Eres consciente de eso?

He quitado mucho de eso. En otros casos lo he dejado. Quizá el más pegado sea el de la chica que va a la fiesta de los angelitos. Por una sencilla razón, es el lugar más emocionante en el que he estado en mi vida, es el acto gratuito en esencia y este motiva a crear historias porque cada madre que está ahí tiene una historia. Igual el caso de Verónica a la que le cambié el nombre y es una mujer con espina bífida en Andamarca que mantiene su dignidad y no cree en nada.

Si en todos estos lugares hay tantas historias por contar ¿por qué entonces no apostar por la no-ficción?

Quería experimentar otra cosa. También cansa un poco. Ten en cuenta que yo me soplo por lo menos dos guiones al mes contando historias de viajes y llega un momento en que te quieres escapar.

Habiendo dedicado tanto tiempo al periodismo y los viajes, ¿cuál dirías que es el lugar de la literatura en tu carrera?

Está empezando y no sé si vaya a continuar. No me gustan nada las editoriales del medio. Las grandes que vinieron de España te venden algo que no te dan, te hacen contratos muy lindos, te ofrecen promoverte fuera y no lo hacen. Te dicen que tu libro está en tal librería y es mentira. Te pagan una cosa ridícula de regalías. Con esta editorial (Planeta) yo he hecho guías de turismo y como la financiaba un banco te daban un buen adelanto de regalías. Ahora me dijeron que para la ficción no había adelanto. ¿No se supone que ustedes ayudan a que haya autores? Ahí se desenmascaran. Ellos están pensando en autores de autoayuda y libros escolares.

¿Qué sensación te da que la editorial que termina publicando tu libro busque esas cosas?

Es bien simple. Esas editoriales eran literarias hasta que llegó la modernidad y el negocio cambió de giro. La gente dejó de leer literatura y empezó a leer otras cosas y acá en el Perú hay las licitaciones por los textos escolares que es donde está el dinero. Así la literatura se convierte en una pátina imagen. Basta con que el editor vea que el libro vende y se hace un contrato. El deber de las editoriales debería ser no publicar algo si no es bueno, por más que venga de Vargas Llosa. No pienso volver con ellas.

***

Como los personajes de Cualquiera daña a otro, León se enfrenta a lo inesperado. Pero a diferencia de alguno de ellos que cree, por ejemplo, que “luchar por conservar una relación infeliz es tanto o más valiente que liberarte de ella”, él decide por el rechazo inmediato y tajante. Como en todo hecho literario la realidad y la ficción se relacionan a veces de manera difusa y otras veces muy clara: como en el cuento Mogadón y una tración en el que retrata uno de sus primeros viajes haciendo autostop. “De todos es el más referencial”, confiesa. “No pensaba incluirlo porque me parece el más débil, pero en pleno proceso de escritura mi queridísimo amigo que aparece ahí murió y decidí a publicarlo. Pero esa historia, si cabe la afirmación, es cierta con los añadidos de la ficción”.

¿Cómo te ha servido ese cuento para recordar esas épocas?

No necesitaba escribir ese cuento para darle una importancia así. Antes de hacerme amigo de Mario yo era un chico tímido, apocado, débil y de repente tres muchachos muy corporales me dijeron para ir y yo solo pensaba que no iba a poder, pero pude y los superé. Fue un viaje iniciático en muchos sentidos, como en la masculinidad porque era joven y había que reafirmarla.

¿Ahora qué reafirman los viajes para ti?

Eso quedó atrás. Me interesa cada vez más las variedades del curanderismo, la magia, las plantas mágicas y curativas y la gente que sabe de esas cosas.

Siempre mencionas el gusto por estos temas y la certeza de que es posible vivir fuera de las ciudades.

Lo planteo como un anhelo pero eso no quiere decir que sea tan fácil. Conozco muy poca gente que lo ha podido hacer y tienes que tener dinero. A cierta edad ya no tiene sentido porque si necesitas un médico te jodes porque no hay. Yo estoy atado por un tratamiento a los dientes y después están los nietos que te da mucha pena dejar de verlos. Es más una fantasía más que una posibilidad real.

¿En qué momento crees que hubiera sido oportuno?

En el 71 pertenecí a un grupo hippie y teníamos comprados hasta los platos para hacer una comunidad. Pero tuvimos la lucidez de no hacerlo. Nos dimos cuenta que una experiencia así no se empieza comprando los platos. Hubiera sido catastrófico. Igual aquí en Lima salgo muy poco y no frecuento el medio de escritores o artistas. No sé qué mecanismo psicológico extraño puede haber ahí, pero me siento muy cómodo con gente de otros lugares, con la que no tengo nada en común, pero con la que puedo hablar sobre las variedades de colibrís de ese lugar. Pero nada de que ver sobre cuestiones personales ni la creación. El medio literario me asusta y me produce repulsión, como camarilla es lo peor.

¿Siempre fuiste así?

Sí, siempre fui bien antisocial y no me crea ningún problema. No me he quedado en el mundo para ese tipo de huevadas. A mí me gustan los curanderos, el ayahuasca, me encanta experimentar con gente que tiene otra manera de ver el mundo.

¿Y cómo haces para lidiar con la política, por ejemplo?

No me peleo con eso. Me parece lamentable. Creo que la tarea que me toca a mi edad no es la de la acción, sino la de la comprensión. Hay que entender y nosotros no estamos formados para entender, sino para tomar posición y ahí nos saltamos una etapa imprescindible.

¿Qué se puede entender de las elecciones que se vienen?

Asu, no. Tengo muchas otras cosas más interesantes en la cabeza.

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