Publicado originalmente en LaMula.pe

Pentapolar Birds, el proyecto de pop experimental de la fotógrafa Trinidad Carrillo, ha lanzado su primer disco, Birds of Ghosts, después de cinco años buscando su sonido ideal. ¿Se puede cantar lo que se fotografía?

(Foto: Raúl García / LaMula.pe)
(Foto: Raúl García / LaMula.pe)

Trinidad Carrillo recién está entendiendo de qué trata su propia banda-dúo de pop experimental Pentapolar Birds. Hasta hace poco esta era solo un paréntesis usual en su carrera como fotógrafa. No soportaba tener que depender de otros para llevar adelante la idea y la fotografía la hacía autosuficiente. Pero ahora ha regresado de visita desde Suecia, donde vive desde su infancia, con Birds of Ghosts, su primer disco.

«Es una idea que cada vez va siendo más real. Es igual que lo que me sucede con la fotografía: hago fotos durante años y no es hasta la realización de un libro que puedo ver en el retrovisor lo que he hecho», dice. Su primera producción, por eso, es la recopilación de las canciones que ya había compuesto hace cinco años y que se podían escuchar en la internet desde hace tres años como demos.

Birds of Ghosts son nueve temas en inglés −«en español sería demasiada intimidad», dice− que brotan desde la voz y los teclados de Trinidad y la guitarra y los efectos del músico sueco Mappe. La atmósfera espectral que resulta pareciera el soundtrack de una película de ciencia ficción sobre la que Trinidad sobrepone desde susurros hasta gritos agudos que logran mantener siempre una melodía. Es su voz, justamente, formada en el jazz, la que hace de esa mezcla de sonidos, inconexos a primera impresión, composiciones musicales.

Summer, la canción que abre el disco, es una presentación sincera de lo que vendrá en los siguientes ocho tracks. El primer sonido es el del viento, al que le siguen unas notas suaves de piano que bien podrían servir para el sueño de un bebé. Con el efecto similar al de una grabación casera, la voz de Trinidad emerge: “I wish you hear / all the pretty thing / i whisper in your ear...”. Pero pasado el minuto parece haber una rebobinacion y la voz resurge ahora con un sonido limpio. Al minuto dos el piano se vuelve totalmente grave y los siguientes ochos minutos son una conversión lenta hacia a un laberinto, un buen laberinto, de guitarras, efectos y gritos.

«Siempre he dicho que las fotos son mágicas, pero creo que el canto lo es aún más. La música es otra forma de narrar porque sale de adentro tuyo. La foto es una combinación de lo que tienes dentro y lo que está afuera, pero cantar es como brotar o como vomitar o como reir», explica Trinidad, que constantemente apela a las imágenes para hacerse entender.

«Mi primer proyecto fotográfico se llamó Maestro Papagayo porque imaginaba una especie de papagayo amazónico que era un narrador de cuentos y sus colores representaban todo lo que podía contar», recuerda. «Pentapolar Birds es algo así, es como una mujer que tiene muchos pájaros en la cabeza que hablan a la vez. Creo que hay una relación entre ambas cosas que no me había percatado antes».

Pentapolar Birds parece ser la versión musical de su trabajo fotográfico con el que busca constatar que hay momentos en los que el lenguaje de los sueños se cuela, de improviso, en el mundo material: una niña vestida de negro en medio de un bosque seco invadido por la neblina, otra que sumerge su rostro en un lago, su hija sentada desnuda frente a un ventilador que le hace flotar los cabellos o un bosque cubierto de nieve, imágenes publicadas en el libroThe name from mars. No es casualidad que la portada del disco pareciera obra suya, pero Trinidad ha comprendido que hacerlo todo ella no la hace feliz. Al punto que ahora, en Lima, está realizando cada concierto con un músico distinto: Raúl Jardín, Bruno Sánchez y, este sábado, con Ale Hop, de Las Amigas de Nadie.

El primer recuerdo que tiene Trinidad de haber sentido placer al cantar se remonta a algún remoto día en el jardín de la casa de su abuelo. Sin adultos entonando canciones infantiles para ella, recuerda cantarle a las mariposas y los chanchitos del jardín. «Qué rico se sentía», dice. Ahora, en el jardín de la casa de su madre, confiesa estar descubriendo que quizá lo suyo sea más la performance, juntar, aún no sabe cómo, sus imágenes y sus sonidos.

Por ahora está interesada en poner Birds of Ghosts en los taxis que toma para saber qué opinan los choferes. A algunos les asusta y a otros les ha tenido que regalar el disco.

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