Publicado originalmente en LaMula.pe el 23 de mayo de 2015.

Plaza de armas de Ayacucho la noche del 14 de junio. (Foto: Adrián Portugal / Supay Fotos / LaMula.pe)
Plaza de armas de Ayacucho la noche del 14 de junio. (Foto: Adrián Portugal / Supay Fotos / LaMula.pe)

Este 13 y 14 de mayo, por primera vez en 27 años, la Municipalidad de Cayara, conmemoró la masacre ocurrida en esa localidad, cometida por las Fuerzas Armadas durante la época del conflicto armado interno. Lo hizo con el apoyo de la Asociación de Residentes Cayarinos en Lima, el Comisionado para la Paz en Ayacucho, la Asociación Pro Derechos Humanos (APRODEH), el Centro de Atención Psicosocial, el Centro Loyola y la Comisión Multisectorial de Alto Nivel (CMAN). Hasta hoy, los cayarinos no habían sabido a dónde ir en estas fechas para visitar a quienes fueron sus abuelos, sus padres o sus hijos, y no tuvieron nunca eventos oficiales que rememoren lo sucedido. Esta vez la plaza de armas de la ciudad de Ayacucho y la del mismo pueblo acogieron a los familiares y testigos bajo el lema ‘Cayara en nuestra memoria’. LaMula.pe viajó hasta Cayara para participar en los eventos, y esto es lo que encontramos.

***

 

– ¿Puedo hablar? ¿Alcalde, puedo hablar? – exige el profesor Julián Quispe que se ha acercado hasta el borde del estrado alzado en la fachada de la gobernación del pueblo de Cayara, Ayacucho. El presentador de la ceremonia mira a los organizadores para saber qué hacer. El hombre, pantalón azul y chompa gris, decide subir al escenario igual y consigue que le cedan el turno. Quispe es un cayarino desplazado y es también ex secretario general del centro representativo de Cayara en Lima. Con el micrófono en mano se creería que va a refutar los discursos que acaban de dar distintas autoridades. Pero no. Solo tiene una necesidad muy concreta: agregar sus “difuntos” a la lista de víctimas de la matanza que se dio en el pueblo en 1988 y que se leyó al inicio de la ceremonia. La lista duró más de cuatro minutos, nombre tras nombre. Para Quispe debe ser aún más larga: Trinidad Quispe Palomino y su esposo Gabriel Suarez, campesinos asesinados en Pacocha; el profesor Aroni y Martín Tinco, asesinados en Huamanguilla; y la niña Luzmila Quispe Aroni – disculpen la interrupción.

La falta, en casi tres décadas, de una ceremonia en memoria de las personas asesinadas por las Fuerzas Armadas el 14 de mayo de 1988, hace que el tiempo no haya pasado para los sobrevivientes. El señor Quispe ha esperado 27 años para poder desatragantarse los nombres de sus cinco familiares asesinados. No iba a perder la oportunidad.

***

La masacre de Cayara –a diferencia de las de Lucanamarca, Accomarca, Chungui, Uchuraccay– no es una de las más recordadas del periodo de la guerra interna. No hay documentales sobre el caso, ni libros antropológicos o cómics, tampoco una entrada en Wikipedia. Fue una prueba más de la estrategia de “las retiradas” de Sendero Luminoso: cometer un atentado, retirarse, y dejar que las fuerzas del Estado reaccionaran contra lo que encontraran: los residentes del lugar, la mayoría de las veces.

El día 13 de ese mes los terroristas atacaron un convoy militar en el que murieron un capitán, un sargento y dos cabos. Al día siguiente, un grupo de las Fuerzas Armadas -pantalones verdes, chompas, gorras y botas negras- emprendió desde las 5:30 de la mañana el Plan Operativo “Persecución” para, según la teoría, capturar o eliminar a los subversivos y recuperar el armamento perdido en las zonas de Huancapi, Erusco, Cayara, San Pedro de Hualla y Huancaralla. En la práctica, a falta de terroristas, fueron asesinados casi 40 pobladores, y saqueadas e incendiadas otras tantas casas.

Las versiones militares señalan que la gente en Cayara fue sometida a un proceso de ideologización y captación para convertirlos en bastiones de la lucha armada y por lo tanto habían participado en el ataque al convoy y que los muertos se dieron en combate. Pero no hay versiones más detalladas que las recogidas por la Comisión de la Verdad y la Reconcialiación (CVR) y lo que ahora, tanto tiempo después, los testigos siguen sintiendo que fue ayer.

Días antes, Sendero Luminoso había llegado cerca, a Erusco, donde obligaron a la gente a abandonar sus casas y prepararon el atentado llevado a cabo en la mitad de la ruta a Cayara. Los cayarinos, en medio de las celebraciones de la Virgen de Fátima, conocida por su carácter profético, se enteraron de los sucedido a sus vecinos y huyeron a Cceschua, a unos treinta minutos a pie. A Indalecio Palomino y Julia Tarqui les había tocado ser mayordomos de la fiesta y se quedaron en la iglesia del lugar para desarmar el trono del día anterior. La CVR detalla que bailaban y bebían alcohol cuando llegaron los militares, y los efectivos interpretaron que estaban celebrando el ataque al ejército. Junto a Indalecio, otros cinco hombres fueron detenidos, mientras otro grupo de las fuerzas requisaba las viviendas de la zona y detenía a los hombres.

Poco después, en Cceschua, los que habían huido también vieron llegar a los militares. Una vez separados los niños y las mujeres –curioso cómo aún en tales circunstancias perviven ciertos guiños de civismo– lo que vino para el grupo de casi 20 hombres fueron armas en la boca, golpes en el suelo, pencas de tunas y hombres de verde caminando sobre sus espaldas. Pasada la noche, solo quedaban los cuerpos, que si bien los pobladores mismos enterraron, el 15 de mayo desaparecieron. En los recuerdos de algunos testigos, se habla incluso de un burro blanco sobre el que viajaban los cadáveres. Cuando el fiscal realizó las diligencias ya solo encontró una lata vacía de conservas, velas usadas, telas blancas y costalillos impregnados de sangre, ponchos tirados, fragmentos de cráneos, restos de cabellos humanos, casquillos de bala marca Fame, “como si fuera un guante, toda la piel de una mano humana, con sus respectivas uñas”, el mango de una pala y tierra removida.

***

Uno de los testigos es David Ccayo, quien hoy, como alcalde de Cayara, no para de hacer llamadas por su celular y mirar en dirección a la entrada del pueblo para ver si, finalmente, ya llegan el congresista José Urquizo y el viceministro de justicia, Ernesto Lechuga. Ccayo ha prometido una y otra vez a la gente que asistirán. El día de la masacre, el hoy alcalde tenía nueve años. A él lo dejaron irse, pero a su abuelo no. En la mañana habían cosechado maíz juntos; dos días después, cuando se atrevió a regresar, solo encontró su correa con la inicial de su apellido y su chaleco junto a un molle. Ahora Ccayo tiene 36 años, voz grave, pelo lacio y negro peinado hacia la derecha y cejas bien pobladas.

«Para mí es una oportunidad importante estar frente a un pueblo que ha sido castigado y azotado por la violencia política. Yo, siendo parte de eso, tengo que poner una agenda importante en la municipalidad y trabajar de la mano con las víctimas», aseguró un día antes de la ceremonia aquí en el pueblo, en una conferencia de prensa en la que se llenó solo la primera fila de asientos. Está cansado de los políticos como Alberto Fujimori que solo llegó a dar cientos de regalos en la década del noventa o Alan García que, en su segundo gobierno, construyó un puente en una zona donde nadie lo necesita. Para él, que estudió informática y contabilidad, lo más importante que necesita Cayara, además de agua potable, es recibir un tratamiento de salud mental.

Los cuatro hermanos Ipurre, por ejemplo, han regresado desde Lima para participar de las ceremonias pero no han podido viajar con su hermana, que aún hoy mantiene un tratamiento psiquiátrico para superar la experiencia de la matanza. Tres de ellos, en ese entonces, cosechaban algodón en la costa. «Nosotros ya no tenemos nada en Cayara. Todos nos fuimos de ahí, nuestra casa ya se derrumbó y nuestra madre se suicidó. Cuando voy a Cayara miro alrededor a ver dónde está mi padre. Algunos dicen que los cuerpos pueden estar en los cerros», dice Fortunato, que ahora es mototaxista en la capital. «Yo no puedo tener cóleras, me arde el corazón», dice Leoncio, el menor, que sí fue testigo. «Si yo veo un militar me arde el corazón y capaz de matarlo soy».

***

Cayara, a cuatro horas en carro de la ciudad de Ayacucho, es un pueblo de aproximadamente novecientos habitantes. Ubicado en la ladera de un cerro, su plaza es una especie de mirador de todo el valle. Ahí están la iglesia, la gobernación, tres tiendas, una botica y una cabina de internet. No hay hoteles porque no está dentro de ningún circuito turístico. “Sucede que los asesinos nos enseñan a punta de plomo el país que no conocemos ni en los libros de texto ni el los catálogos de turismo. (…) Los habitantes de estos sitios pobres y apartados son solo visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen”, escribió el periodista Alberto Salcedo Ramos sobre El Salado, un pueblo colombiano que fue víctima de los grupos paramilitares. Lo mismo se puede decir de Cayara.

En la fachada de la gobernación, una casa que se diferencia de las demás solo porque tiene el escudo del Perú en su puerta, se ha instalado un estrado decorado con mantas rojas y blancas. Del balcón, como fondo del escenario, hay colgada una pancarta verde de tela donde se lee Kuyakuywan Kawsakusun (Seguirémos amándonos) con letras amarillas. En el centro, como si fuera el dibujo de un niño de primaria, el escudo: una montaña, tierras verdes, un maíz, una guitarra, un pico para arar la tierra , un sol con la silueta de la cabeza de una vaca y un libro abierto con una pluma. A diferencia de los centros urbanos, en los poblados pequeños de la sierra los símbolos de los escudos están más relacionados con la realidad porque no se han transformado tanto desde su fundación. Pero a Cayara lo transformaron los muertos. «Cayara tiene una rica producción de la diversidad del maíz, tiene una riqueza cultural y ancestral en plantas medicinales, en tejidos. Después de la violencia esas tradiciones se han perdido. Ahora solo nos victimizamos y pedimos a Papa Noel que nos dé esto y lo otro. No puede ser así. Hay que ir viendo a futuro», dirá con su voz aguda Vilma Pariana, una trabajadora social en distintas comunidades ayacuchanas. «De verdad que yo sí quería hablar. Yo felicito la valentía de ese señor que se metió y habló. Porque se necesita hacer una historia real, original, de los hechos de Cayara».

Todos necesitan hablar, todos quieren agregar su versión, decir lo que se debe hacer. No bastan las palabras del presidente de la comunidad campesina, el presidente de la asociación de víctimas, el alcalde provincial, la consejera regional, la representante de la Defensoría del Pueblo y de organizaciones de derechos humanos. Cuando el presentador se equivoca en la hora en la que llegaron los militares, las madres de las víctimas, que están agrupadas tras un cartel que dice Cayara No se Olvida, le gritan que no, que no fue en la tarde, fue en la mañana. Gloria Cano, abogada de las víctimas, se disculpa por romper el protocolo porque cree necesario saludar primero a las víctimas y no a los autoridades. El viceministro de justicia se disculpa en nombre del Estado por cómo “algunas autoridades trataron de ocultar lo evidente”. El párroco del pueblo dice que en todo lo sucedido también está el amor de Dios. Un camarógrafo dice que es una huevada que los familiares no estén en el escenario. Vilma criticará, en otro momento, que la obra de teatro que han preparado unos estudiantes no sea fiel a los hechos.

Ante la falta de un programa ejecutado por el Estado para enfrentar las secuelas de esos años, lo que existe son asociaciones representativas que ha formado la misma gente, organizaciones de derechos humanos y alguna que otra autoridad que intentan trazar una ruta hacia lo que algunos llaman paz, reconciliación, reparaciones o verdad.

Al contrario de los que exigen una sola versión oficial sobre estos hechos, es mejor cuánto más voces hayan. “Al existir perspectivas claramente contrapuestas respecto del CAI [Conflicto Armado Interno], la importancia de ampliar y diversificar las fuentes así como analizarlas críticamente se vuelve fundamental”, se lee en Secreto a voces, un documento de trabajo del Instituto de Estudios Peruanos y la Embajada Británica sobre los retos que plantea la época del terrorismo para la enseñanza en los colegios públicos. «¿Cómo hablar del pasado cuando este es muy próximo y vergonzoso?», se pregunta en el texto.

Ccayo lo intenta por primera vez con un programa de dos días. El día 13, en la ciudad de Ayacucho, una conferencia de prensa y una vigilia. El 14, en Cayara, una misa, la presencia de las autoridades, el izamiento de la bandera a media asta, una obra de teatro de los alumnos de primaria del colegio Ricardo Palma y la puesta de la primera piedra de un futuro memorial cuya ubicación definitiva aún está en debate. Las tragedias arremeten siempre sin razón, pero las emociones que dejan es mejor ordenarlas, prepararlas.

***

En el suelo de la plaza de la ciudad de Ayacucho hay una placa de bronce en memoria a los fallecidos de la guerra interna. Firmada por la CVR, dice: “Que el proceso que hemos iniciado nos acerque hacia la justicia y la paz duradera”. Es una placa que bien puede pasar desapercibida ante el azul intenso del cielo, la escultura del prócer de la independencia José de Sucre en el centro, la arquitectura de la catedral y la banda de música y las alfombras de flores que preparaban los alumnos del Colegio Virgen de Fátima para homenajear a su santidad. Fueron las velas que encendieron alrededor los aproximadamente treinta familiares de las víctimas las que le dieron presencia. Aunque fuera solo antes de que la lluvia cayera. Las velas resistieron buen rato, minimizándose hasta una pequeña llama azul. Para las que no aguantaban, había siempre alguien atento para volver a encenderla. De cierta forma han sido 27 años de lluvia bajo los cuales los familiares de los muertos y desaparecidos han impedido que se extinga la memoria y la historia pase desapercibida.

Pero el clima ayacuchano es más fuerte que las metáforas. Cuando la intensidad aumentó, la vigilia se desplazó debajo de los portales más próximos que rodean la plaza. Y vino el turno de las coincidencias: las velas iluminaron las puertas de la oficina regional del Poder Judicial y los últimos trabajadores tuvieron que salir entre rezos y tristes pumpines de acordes y voces agudas.

En el otro extremo de la plaza, la fiesta de la Virgen de Fátima, por el contrario, estallaba en castillos de fuegos artificiales. El colegio del mismo nombre desplegó tal cantidad de alumnos y cohetones que hacía difícil, aún a los más avocados a la tragedia, no voltear a mirar los colores en el cielo y dejar de escuchar los sermones que exigen, por lo menos, la aparición de los cuerpos. La tradición religiosa de un colegio ahogaba la primera conmemoración de una tragedia histórica.

«Lamentablemente en la currícula educativa no se ha implementado estos temas. Eso debería promoverse desde el Ministerio de Educación. ¡Si fue incluso en la aulas donde Sendero ejecutó profesores!», explicaba Anibal Cayo, expresidente de la Juventud Anfasep, que por la mañana, en la conferencia de prensa, se frotaba las manos en el pantalón y miraba fijamente al suelo, con los ojos muy abiertos, cuando contaba cómo asesinaron a su padre. En la vigilia se le veía más calmado. La Juventud Anfasep nació de un comedor que la asociación abrió para los hijos de las víctimas, como Cayo. «Nosotros buscamos sensibilizar a la juventud a través de la memoria, que se trata de recordar lo que pasó para que no se vuelva a repetir. Eso es lo que buscamos con el proyecto del Santuario de la Memoria: decirle a la juventud que esto pasó en Cayara, en Cabitos, en Lucanamarca, en Putis. Las nuevas generaciones, que no vivieron lo que yo he vivido, se extrañan y dicen que eso ya hay que dejarlo de lado. Pero hay que entender que eso es parte de nuestra historia. ¿O podemos borrar eso acaso?»

***

A diferencia del colegio Nuestra Señora de Fátima, en Cayara los alumnos del colegio Ricardo Palma han practicado durante un mes la recreación teatral de la tragedia. El informe final de la CVR recomendó enseñar el periodo del CAI en quinto de secundaria, pero los de hoy son niños. Algunos de los que actúan de soldados se han pegado bolsas negras alrededor de las pantorrillas para simular unas botas militares, se han pintado el rostro al estilo de un camuflaje y portan unas maderas pintadas de negro y recortadas en forma de metralletas. A diferencia de las reales, en la punta de sus armas han silueteado los puntos de miras hacia arriba y hacia abajo de tal manera que terminan formando una serie de cruces que adelantan la tragedia. A los que les ha tocado el papel de los pobladores, se han pintado barbas a punta de plumones o se han vestido con ponchos y polleras para acentuar el estilo cayarino. La vestimenta es la fidelidad detallista de los recuerdos.

Salvo porque al inicio aparecen seis mujeres vestidas y tapadas totalmente de negro que anuncian el terror, la obra es una representación lineal de los hechos ocurridos en mayo de 1988: el ataque a los militares, la respuesta de estos contra la población, el encuentro con los cadáveres y la posterior desaparición de estos. Los soldados hablan en español, los pobladores en quechua. Al fondo, un hombre se encarga de poner los efectos de sonido ayudado de un micrófono que sobrepone al parlante de su celular. Cuando hay disparos grita “¡boom!, ¡boom!”. Los familiares gritan a los niños lo que deben hacer y estos, en plena actuación, les responden que no, que aún no toca esa parte. La performance cobra una inquietante naturalidad cuando los militares separan a los hombres y las mujeres -las niñas- empiezan a gritar, cuando empiezan las amenazas y los golpes a los campesinos, cuando tiran los cuerpos unos encima de otro, cuando destapan un galón de gasolina -agua- y lo vacean sobre la torre humana.

Hace solo unas horas, durante la misa, el recuerdo de las víctimas mezclado con las moralejas religiosas -“El amor de Dios es el mandamiento de recordar para que la violencia salga de nuestras relaciones”- , el eco ceremonial propio de una iglesia y las fotos de las víctimas alumbradas por las velas, desató un drama que el padre solo pudo aliviar lanzando tal cantidad de agua bendita a los asistentes, que a algunos retratos se desfiguraron por la humedad. Pero ahora, ante la violencia hecha ficción por los escolares, Cayara ríe. Con dolor, pero ríe.

(Más fotos en LaMula.pe)

 

Anuncios