Publicado originalmente en lamula.pe

En su visita a Lima como invitado del 2do Festival de la palabra, el ilustrador chileno indaga en sus recuerdos para explicar por qué no cree en nadie.

Alberto Montt nació en Ecuador en 1972, pero es nacionalizado chileno, país con el que se siente más identificado. (Foto: Ana Cabrera / La Mula)
Alberto Montt nació en Ecuador en 1972, pero es nacionalizado chileno, país con el que se siente más identificado. (Foto: Ana Cabrera / La Mula)

Alberto Montt necesita un cargador para su celular. Sin Shazam y sus juegos Clash of clans, Dominiation y Angry birds, se siente incompleto. «Yo veo la batería de mi celular como esas persona que se quedan encerradas en un cuarto y tienen que tranquilizarse porque si no se les acaba el oxígeno», explica mientras se rinde. Montt tiene una facilidad innata para ilustrar cada idea. De ahí que su blog Dosis Diarias, donde sube una viñeta casi todos los días de lunes a viernes, se mantenga vigente después de nueve años. Con ese espacio, que nació para no tener que enviar por mail sus gráficas a los amigos, ha logrado ser una pieza fundamental del humor gráfico latinoamericano. Lo ha hecho a punta de burlarse de todo aquello que no soporta, desde Dios hasta Arjona, pero la mayoría de las veces, a la vez, resaltando las incongruencias de la vida y, en otras ocasiones, dibujando ocurrencias cotidianas.

Acaba de publicar su primera novela gráfica Achiote, que solo se consigue por internet, y a fin de año espera tener listo la versión gráfica del clásico El diccionario del diablo, del escritor norteamericano Ambrose Bierce. Ahora está en Lima para participar del 2do Festival de la Palabra. El celular se le va apagando y Montt se queda sin una de sus principales fuentes de inspiración. «Esos juegos me ayudan con las ideas. Toda actividad que me hace no pensar, me ayuda a pensar. Cuando estoy concentrado jugando xBox es cuando mejor resuelvo mis ideas», dice.

¿Cuándo descubriste que esa era tu fórmula?
Desde muy chico. En el colegio cuando atendía a la clase no entendía nada y cuando dibujaba entendía más. Los profesores se dieron cuenta de eso, dejaron de joderme y me dieron carta blanca para hacerlo. 
¿Qué dibujabas?
Tenía una fascinación con las calaveras y los robots en cuarto grado. Tenía un gran amigo con el que dibujábamos siempre y hacíamos concursos en clase. Él dibujaba un robot y escribía tres características de ese robot y las tapaba. Yo igual. Cosas como ‘mi robot no puede ser destruido por fuego’. Y después hacíamos una pelea y veíamos quién ganaba de acuerdo a las características de cada uno. Otra etapa rara que tuve fue cuando me dio una obsesión por escribir fórmulas matemáticas inventadas. Era muy imbécil. Hacía hojas enteras y el que lograba hacer las más pequeñas, ganaba. Yo tenía un tío arquitecto así que le pedí su rapidógrafo y pude hacer todo en miniatura. Quizá esa fue la primera vez que agarré un lápiz con tinta ahora que lo pienso. De ahí empecé a usar lápices de colores y hacer calaveras. 
¿Qué de eso queda en los dibujos que haces ahora?
Creo que todo. Siento que en esos juegos había mucho humor y había un gusto de enfrentarse al papel que hasta ahora lo tengo.

“Dibujo ideas con las que otros comulgan, nada más” 

¿Por qué siempre dices que lo que haces son idioteces?
Es una manera de bajar el perfil. Por ahí hay gente que percibe lo que hago como algo muy importante, como si estuviera dando mensajes muy profundos y no lo son tanto. Hablo de las cosas que me interesan a mí y a veces siento que cuando alguien siente mucha profundidad en los dibujos es porque esa persona se siente identificada y por eso quiere creer que ella es muy profunda. 
¿Cuando dices que lo haces para bajar el perfil, es porque sientes que te lo han subido mucho?
Cuando me ponen en internet ‘qué genio’ yo sé en el fondo que no lo soy. Yo dibujo ideas con las que otros comulgan, nada más. Una vez presenté a Liniers como un genio y él me dijo que no lo era, que era ingenioso, copiando lo que decía Quino. Yo saqué un diccionario y le dije que un genio era quien interpretaba la realidad de una manera distinta a como la demás gente la está viendo y crea algo que genera este tipo de reacciones en nosotros. Pero un genio en realidad es Boy George, y él te dirá que el genio es David Bowie y así. Soy un tipo que paga las cuentas y compra pan. No vivo en una realidad distinta. 
A nivel mediático sí has alcanzado un reconocimiento grande. Decur usó uno de los prólogos de tu libro para hablar de cualquier cosa porque dice que no necesitas presentación. ¿Lo sientes así?
Mira. Lo que yo hago, que es humor gráfico, le llega a un grupo diminuto de gente que lo consume y que está en redes sociales. Pero si tú me sacas de acá donde todo el mundo está ‘Alberto, Alberto’ y me pones en el Vivanda y anuncian que ahí está Alberto Montt, nadie me va a conocer. Es un reconocimiento chiquito en un grupo chiquito de gente que le gusta eso. Ahora, tener ese reconocimiento para mí es increíble porque ese grupo sabe lo que le gusta porque tienen un conocimiento previo. Eso es un tremendo alago, porque quien me dice que le ha gustado lo que he hecho es muy probable que también le guste lo que hace Liniers o Quino y que me pongan en ese grupo me parece increíble. 

“Una vez casi creo en Papá Noel”

¿Es la incredulidad la columna vertebral de tus viñetas?
No lo había visto así pero creo que sí. Hay un dicho que dice que un optimista es un pesimista mal informado. Yo creo un poco eso y no tengo razones. Soy un tipo al que le ha ido medianamente bien, que no le ha pasado nada demasiado grave, pero aun así siento que se va a desmoronar todo de la noche a la mañana. Siempre he pensado que debo ser un poco depresivo en ese sentido, pero también siento que ese un motor para mí. Para otras personas una sensación así no les permite levantarse de la cama. A mí me obliga a moverme. Pienso: ‘me queda poco tiempo’. Y eso me gusta. Ojalá esté equivocado y todo esté bien. Pero es difícil. En las firmas de libros muchas veces llegan parejas a pedir una firma para Kathia y Gonzalo y me es inevitable preguntarles qué pasa con el libro una vez que se separen. Es un ‘qué pasa si…’. Y sí, creo que es incredulidad, a partir de ahora hablaré de eso.
¿Desde cuándo empezaste a ver las cosas de esa manera?
Yo creo que siempre. Cuando tenía quince años y estábamos en la casa de mis viejos llegó un amigo de mi papá que hacía trucos de magia. Hizo un truco con un huevo que partió. Me acuerdo claramente pensar que no, que no podía ser. La última vez que me agarró la credulidad fue más o menos por esa época y casi que creí en Papa Noel. Estábamos en la cama con mis viejos y salimos a la sala y había una bicicleta. Yo había estado con ellos todo el rato y lo único que pensé fue ‘y si sí…’. 
¿Y en qué crees?
Creo que el futuro no está escrito. Eso ya es suficiente para mí. Eso me hace pensar que no estamos predestinados a sucumbir como raza. Siento que el hecho de que el futuro sea modificable es un regalo enorme. Soy un tipo muy controlador, sin embargo una de las cosas que más placer me da en la vida es el no saber. Eso es la vida: no tener idea. 
¿A eso te refieres cuando dices que el drama y la comedia son como un matrimonio?
Exactamente eso. Tengo amigos que van a la oficina todos los días, que esperan sus tres semanas de vacaciones para ir al mismo lugar al que fueron los últimos veinte años y eso a mí me genera un claustrofobia. Muchas veces ellos me han preguntado cómo vivo con estos conflictos constantes y que ser así debe ser un infierno. Yo siempre digo que mi infierno me provoca mucho más placer que el cielo de los otros. Esa vida idílica a la que aspiran algunos, con cero problemas, con todo preestablecido, que para ellos es la maravilla, para mí ese es el verdadero infierno. Si yo no tuviera esta sensación de terror constante, estaría muerto por falta de estímulo. 
¿Cuándo te percataste que el sarcasmo y la ironía eran una buena manera de luchar contra eso?
De muy chico. Yo era muy tímido de niño, siempre estaba temeroso de que venga el más grande y me pegue, de que la mina no me hable. En algún momento me di cuenta que le quitaba absolutamente el poder a todos al yo usar eso contra mí mismo. Fue mágico. Soy un huevón paranoico y neurótico pero ahora yo siento que tengo el poder. 
Tu padre es de derecha y has contado que era bastante restrictivo. ¿Cómo te marcó la relación con él?
Tuve más conflictos de viejo. De joven trataba de no dar mucha pelota. Ahora, por alguna razón estúpida, siento que puedo hacerle ver ciertas cosas y es un error. Pero en ningún caso ha sido un conflicto para nuestra relación. En cierta medida me hace tenerle más ternura: ‘pobre, es de derecha’. 
Él era el que regalaba revistas de pequeño.
El idiota fue el que me trajo Mafalda. Soy como soy por culpa suya. Ni cuenta se dio. Es que es muy de derecha. Uno necesita decodificar mensajes y para ello se necesita cierta sofisticación intelectual. En la derecha no la hay. Hay ejemplos puntuales, pero no es una característica de ellos. Hay canciones de Sui Generis por la cuales podrían haber sido asesinados por la dictadura pero no las entendían. Tengo una viñeta donde sale Jesús y Pedro en una barca y está Pedro levantando un niño y dice “Señor, pesqué uno pero es muy joven ¿lo suelto?” Y Jesús le dice: “No, mientras más jóvenes es mejor para pescarlos”. Y una vez me mandaron una foto de una Iglesia en Venezuela donde usaban esa imagen para llamar a catequesis. Esa persona que la utilizó no tuvo la sofisticación intelectual para entender la ironía detrás de eso. Y la usó así, virgen, en su primera capa. 

“El humor nace de las tragedias, no de las bondades de la vida”

En el prólogo que le haces al libro Pipí Cucú de Dacur, lo describes a él como un marciano con cajones en la cabeza. ¿Te sientes así?
Siento que tengo un síndrome de Diógenes de información. La imagen que le hice a Dacur era un poco autorreferente. Esos cajones a ratos se abren y se mezclan cosas inconexas. Siento que tengo ideas raras, pero eso no quiere decir que sean más raras que la del resto, solo que soy consciente de eso. Lo puse en alguna viñeta: la diferencia entre una persona inteligente y una idiota es que el inteligente sabe que es un idiota. 
Has dicho varias veces que no te burlas de las cosas que la gente no puede cambiar. ¿Hay entonces una idea explícita de querer cambiar a las personas con tu trabajo?
Me gusta pensar que puedo pero no creo. A una persona que tiene una idea fija no la vas a cambiar con una viñeta, pero sí puede cambiar al que está al lado que no está tan convencido. Me agobia mucho lo categórico, lo absolutista. ‘El aborto es malo y hay una ley…’. Discutámoslo. ‘La vida comienza cuando el esperma toca el óvulo…’. Discutámoslo. ‘Hay un Díos que rige…’ De eso mejor no discutamos. Antes era un poco más beligerante. Ahora ya solo pienso en lo idiotas que son. 
¿Por eso siempre haces más cool al diablo que a Dios?
Lo hago más mental porque incluso la religión católica ha hecho un poco eso, el diablo es el que cuestiona y Dios es el que te hace creer sin cuestionamientos. No se trata de hacer adorar al diablo, sino que la religión misma ha impuesto esas personalidades: o crees ciegamente o cuestionas. Hace poco con Liniers nos preguntaron qué personaje preferíamos del otro y él dijo que el diablo, pero que ese no era un personaje mío y es verdad. 
¿Se puede hacer humor gráfico sin estar disconforme con el mundo?
No sé si era Onetti quien decía que no se puede escribir de amor estando enamorado. No creo que se pueda hacer humor si no se utiliza como herramienta de contención. Para mí el humor es un parachoques que me permite llevar el día a día. Los mejores chistes que he oído en mi vida han sido en funerales. Para mí el humor nace de la tragedia, no de las bondades de la vida.
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