Publicado originalmente en la revista Asia Sur  N°176

La artista peruano-colombiana Ana Belén Cantoni ha hecho de las sábanas, los hilos, las ligas, los ganchos, las grapas y los alambres estructuras que ponen en entredicho la debilidad de estos materiales. En su primera exposición en Lima resume ocho años en los que se ha preguntado qué son en realidad la fragilidad y la fortaleza.

Ana Belén Cantoni en su exposición el e Centro Cultural Peruano Británico (Foto: Augusto Escribens / Asia Sur)
Ana Belén Cantoni en su exposición el e Centro Cultural Peruano Británico (Foto: Augusto Escribens / Asia Sur)

A diferencia de su madre que todo el tiempo tejía a crochet manteles o cortinas, Ana Belén Cantoni no sabe cómo arreglar un sweater, pero ha llevado la manualidad de las telas a un plano distinto: el de las esculturas. Para la muestra El gesto fuerte, El gesto suave. Estructuras blandas y Transformaciones, su primera exposición en Lima, donde nació, ha seleccionado ocho piezas que representan los distintos procesos por los que ha atravesado. Son ocho años de experimentación que se remontan hasta el momento que dejó de elaborar piezas bidimensionales.

Ana es considerada colombiana porque a los tres meses de nacida su familia emigró a la ciudad de Bogotá, donde estudió artes plásticas en la Universidad Nacional de Colombia. «No hubo un momento en el que no me sintiera atraída por el arte; me encanta la idea de hacer cosas que no tienen sentido», dice. Cuando egresó lo hizo con trabajos de tres metros realizados con bordados sobre velos, tinta y esmalte sobre papel pergamino. Eran dibujos que estaban pensados para ser vistos por ambos lados una vez que la luz los atravesara. Los fragmentos de sus diarios cosidos sobre la tela y las imágenes de habitaciones, así, terminaban configurando una maraña de palabras y líneas, y provocaban lo que a ella le gusta: que el espectador, a su manera, tenga que esbozar un significado con lo poco que pueda ver claramente en estas. Como necesitaban verse por ambos lados no podían colgarse en las paredes y cada una terminaba suspendida en el aire, y dividía la sala cambiando la arquitectura del lugar sin necesidad, por ejemplo, de romper una pared.

«En ese momento no vi tan clara la dirección que tomaba mi trabajo, pero ahora veo que ahí estaba todo», recuerda con voz suave, palabras pausadas y entonación colombiana, un día antes de la inauguración de su muestra en la galería John Harriman del Centro Cultural Británico. El destino de su obra se encarriló en el San Francisco Art Institute, donde uno de sus primeros profesores le dijo que se comprara una ‘cuerdita’ y empezara a trazar con esta las mismas líneas que realizaba en sus dibujos.

Ana no se había dado cuenta de que trabajaba con el espacio, pero solo desde su mente. Lo que necesitaba era ocuparlo realmente. De esa primera prueba surgió Mine, una escultura de materiales blandos con la fuerza de una estructura sólida: 266 hilos blancos tensados de una pared a otra, de los cuales cuelgan, en el centro, pequeños trozos de hilos de color rojo sangre. A Ana le llaman la atención las contradicciones que muestran sus trabajos. «Es una pieza físicamente efímera, pero al contar con mucha tensión queda oculto ese carácter y, por el contrario, se mantiene en su sitio durante todas las exposiciones», explica.

Con Estructura, una pieza de trozos de sábanas rojas y negras que cuelgan y se enredan desde el techo y forman un cubículo al que se puede ingresar, intentó lo opuesto. «En lugar de usar tensión horizontal, decidí usar la gravedad, dejarla caer, dejar que se deshiciera e invitar de esta manera al accidente. Pensé que duraría solo para una exposición», confiesa mientras bebe agua de una botella de Gatorade y deja que se enfríe una taza de café. «Pasó lo contrario: como los imperdibles eran tantos, en lugar de ser una pieza frágil terminó siendo fuerte y la que he podido mostrar más veces». Desde entonces la obra de Ana es continuo cuestionamiento sobre la fragilidad y la fortaleza de los objetos.

Y una apología de la sencillez. Si bien una de sus principales influencias han sido sus padres psicoanalistas, las conversaciones sobre procesos subconscientes en la mesa de la cocina y el reconocimiento de ‘un mundo de mucha profundidad’, Ana continuamente lidia con lo que llama la ‘hiperintelectualización’ del arte. Es de las artistas que dice que una obra de arte «significa lo que tú quieras». «Entre el arte contemporáneo y el público se ha creado una brecha muy grande», dice. «A mí me gusta que la gente llegue a una exposición y piense que también puede hacerlo, que entienda el nivel de complejidad que se puede lograr con cosas muy simples».

«Cuanto más hago, más voy descubriendo de mi trabajo», asegura. «Es un proceso largo dialogar con los materiales hasta que ellos mismos indiquen cuándo dejarlos». Cuatro años después de haber experimentado con la primera cuerda, Ana piensa en la posibilidad de retornar a sus inicios: los dibujos.

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