Publicado originalmente en la revista Asia Sur N° 175

En Paracas, Luis Zapata encontró el lugar ideal para desarrollar su proyecto Inti-Mar, un espacio para abstraerse de la realidad caótica y sumergirse en el mundo de la maricultura. Después de más de diez años cultivando conchas de abanico y tras tres años de haberse involucrado en el turismo, siente que devuelve a la bahía la vida natural que se merece.

«Esta es una manera de hacer que Paracas vuelva a ser lo que siempre ha sido: una zona llena de vida natural». (Foto: Oliver Lecca / Asia Sur)
«Esta es una manera de hacer que Paracas vuelva a ser lo que siempre ha sido: una zona llena de vida natural». (Foto: Oliver Lecca / Asia Sur)

«No soy muy permeable a los problemas, simplemente me escapo de ellos», dice Luis Zapata sentado en la terraza de su albergue Inti-Mar, en Paracas. Alrededor de la bahía de mar manso y cerros áridos hace que el paisaje sea de tonalidades de azul y beige. Don Lucho, como lo llaman en el lugar, llegó hace quince años aquí en busca de una nueva zona para cultivar conchas de abanico y estar alejado de la ciudad y sus presiones.

Si bien estudió Economía y Derecho, Lucho se considera un hombre que hace realidad proyectos. Ha estado involucrado en la exportación de castañas en la selva, de cochinilla en el Cañón del Colca y orégano en el valle de Tacna. En Arequipa unos amigos le encargaron elaborar un proyecto para conseguir una concesión para sembrar conchas en la caleta de San José, donde buceaba continuamente. El tiempo probó que la zona no era sencilla de mantener para esos fines y dejó el sur del país para intentarlo, ahora por su cuenta, aquí, en un rincón privado y privilegiado que se abstrae de la Reserva Nacional de Paracas y que ha adquirido con el compromiso de cuidarlo.

Lucho ha fusionado la idea de un albergue y un criadero de conchas para ofrecer una opción de turismo vivencial. Esto en una zona que, desde el fenómeno de El Niño en 1982, trajo una proliferación masiva de conchas de abanico, que formaron los principales bancos naturales del país, como los de la playa Atenas, Lagunillas, Laguna Grande y La Pampa, lo que inició la exportación y la maricultura sostenida.

Bajo el mar que llega casi a las puertas de las mismas habitaciones de madera de Inti-Mar, hay sistemas de cultivos elaborados con jaulas submarinas a más de cuatro metros de profundidad. Ahí, después de reproducirse de manera natural –las conchas sueltan sus células reproductivas al mar, donde se fusionan y forman larvas microscópicas–, se aferran para empezar a crecer a una velocidad de siete centímetros en catorce meses, la medida y el tiempo necesarios para hacerse de conchas adecuadas. Al lado del restaurante que ofrece comida a base de conchas, cangrejos, almejas, lapas y pulpo, ha alzado un pequeño museo informativo donde se pueden observar conchas en sus versiones por cada día de crecimiento. Además cuenta con botes para observar toda la ingeniería del lugar a través del mar traslúcido o buceando.

«Ojalá fuera un especialista, solo conozco lo que conozco por el tiempo que trabajo con esto. Es como una chacra: hay zonas buenas y malas para sembrar. Hay que conocer el terreno y los cambios del medio ambiente, cómo se afecta el cultivo cuando hay tal o cual fenómeno y saber de la estacionalidad comercial», explica. Actualmente cuenta con casi cuatro millones de conchas que estarán listas para cosechar a fines de marzo o abril.

Después de tres años de haber llevado el proyecto al plano turístico, ahora piensa en nuevos servicios de buceo, kayaks, caminatas y ciclismo. «No queremos tampoco que sea una zona de demasiada afluencia», aclara. «Esta es una manera de hacer que Paracas vuelva a ser lo que siempre ha sido: una zona llena de vida natural, de rica productividad primaria, donde se puede ver animales y comer lo que se produce».

Lucho se vio atraído por el mar desde que su tío lo llevó de pequeño a pasar veranos en Pimentel. «Yo siempre quise ser marino, pero me equivoqué por una letra y terminé siendo marido», bromea. Lucho es un hombre de palabras lentas y una personalidad relajada que no se ha dejado someter a la vida que imponen ciudades como Lima. «Hasta hace un tiempo escuchaba noticias en la radio pero se malogró, y, la verdad, no pienso arreglarla», dice. «Me cansé de la prensa limeña que es tan repetitiva, tan pegada a lo político, a lo caótico, y que no hace sino machacarnos la parte mala del país. Esta es otra versión del Perú, una versión descansada, turística, fresca y natural».

Hay un mensaje subliminal –dice– en Inti-Mar. «Más allá del sol y del mar que expresan el nombre, es un llamado también a volcarse hacia dentro de uno. Eso es lo que quisiéramos que la gente encuentre en este lugar, un espacio para conducirse sin ninguna moda y perversión social, un lugar para escapar de los problemas».

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