Publicado originalmente en la revista Asia Sur N° 173

David LaChapelle es el único artista de la fotografía que se ha mantenido vigente en el mundo del arte contemporáneo. Conversamos con él durante su visita a Lima, donde llegó para presentar una retrospectiva de tres décadas de glamour, consumismo y provocación.

David Lachapelle en su exposición en el MAC (Foto: Augusto Escribens / Asia Sur)
David Lachapelle en su exposición en el MAC (Foto: Augusto Escribens / Asia Sur)

El cansancio de David LaChapelle después de conceder varias entrevistas a distintos medios de comunicación hace que sus palabras se vuelvan aún más pausadas de lo que normalmente ya son. «Prefiero las imágenes antes que hablar», dice mientras se echa en un sofá de la sala de estar del Hotel B, en Barranco. Por momentos su modo de hablar recuerda al de Andy Warhol, quien podía dar entrevistas respondiendo solo sí o no. Justamente fue Warhol quien lo llevó a la fama durante los años ochenta neoyorquinos, cuando le encargó retratar músicos, actores y artistas para la revista Interview. En esas fotos, por ejemplo, LaChapelle puso alas de ángel a un Michael Jackson que parecía haber derrotado a un demonio.

El fotógrafo quisiera que sus imágenes sean «mejores que la realidad y más bellas que los sueños». Su obra de casi treinta años atraviesa por distintas facetas: desde sus primeros trabajos en blanco y negro en los que exploraba temas como la magia o el alma hasta su más reciente serie, en la que retrata fábricas pequeñas hechas por él mismo con materiales reciclados, como sorbetes o latas. Pero su reconocimiento mundial le llegó con los retratos a celebridades: Angelina Jolie disfrutando los besos en el pecho de un caballo blanco, Pamela Anderson saliendo desnuda de un huevo, Courtney Love representando la escultura Pietá de Miguel Ángel, Sylvester Stallone fumando totalmente ensangrentado, Amanda Lepore bebiendo leche con una cañita directamente de su seno implantado… Por eso los adjetivos con los que han sido recibidas sus imágenes son: ‘controvertidas’, ‘explosivas’, ‘provocadoras’… Su trabajo se ha catalogado como una mezcla entre el surrealismo, el kitsch y el pop.

«Cuanto más mediáticos eran los personajes y más grande su historia, más fácil me resultaba pensar en un escenario para cada uno. Siempre primó la perspectiva personal que tenía de ellos», recuerda. En esas imágenes ocurría lo mismo que en la realidad: en cada una los escenarios representaban el consumismo, la superficialidad, los excesos de la vida norteamericana… pero todo ello quedaba en un segundo plano respecto a quien aparecía en ellas [Leonardo DiCaprio, Naomi Campbell, Cristina Aguilera, Pedro Almodóvar…].
LaChapelle decía que retrataba a personajes que parecían escaparse de la realidad. Ahora dice: «Ese es solo un capítulo de mi vida. Eran encargos y los hacía lo mejor que podía».

El desencanto

En 2006 abandonó la fotografía comercial y realizó deluge [Diluvio], una serie fotográfica en la que los museos se convertían en una especie de santuarios inundados de agua. Una imagen que –asegura– estaba directamente relacionada a su condición de ese momento: la fama y el mundo de revistas como vogue, vanity fair, Gq, rolling stone o I-d habían cumplido su ciclo, y ahora ya solo lo ahogaban. «Antes las celebridades eran agradables; ahora me parece que son solo personas locas y en muchos casos insípidas. Con las redes sociales, este es un mundo completamente distinto. Muchas de las estrellas que aparecen en las noticias no están haciendo nada por decirnos algo acerca de la vida: simplemente buscan entretener. Eso ya no me interesa».

LaChapelle se fue a vivir a una granja en Mahui y dejó atrás Nueva York, la ciudad a la que había llegado a los quince años para mentir sobre su edad y empezar a trabajar en clubes nocturnos. A pesar de ser un hombre de pocas palabras, no ha tenido reparos en recordar en distintas entrevistas las humillaciones que tuvo que aceptar para sobrevivir. Hoy, después de más de treinta años, está sentado en uno de los hoteles más exclusivos de Lima, donde ha venido a presentar una retrospectiva en seis series de su trabajo. «Creo que todos necesitamos luchas personales de las que provienen las nuevas ideas y la energía. Después de las noches oscuras siempre viene un nuevo día. Llega un momento en que te das cuenta de que las cosas que pasan no son el fin del mundo».

El hombre que ha creado representaciones de las adoraciones banales y los trastornos de la fama ahora es adorado… y famoso. Pero las ínfulas propias de las celebridades no lo contagian. «Me sigo sintiendo el mismo. No me ato a las cosas o al dinero», afirma antes de guardar silencio por más de diez segundos. «Mi felicidad proviene de dar rienda suelta a la creatividad y disfrutar del tiempo con mis amigos», sentencia. «Esas cosas me han hecho feliz desde niño».

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