Publicado originalmente en Al Este #3 el 29 de agosto de 2014

Víctor García Belaunde está cada vez más convencido de que ha llegado el momento de alejarse de la política. Siente que tiene una vida, y que la política se ha inmiscuido en ella por los últimos treinta años. A pesar de las exigencias de la función parlamentaria, sin embargo, su libro El expediente Prado no solo le ha permitido reencontrarse con la historia, una de sus mayores aficiones, sino aclarar –con dolor- un capítulo importante de la memoria nacional.

Víctor García Belaunde en la biblioteca de su casa. (Foto: Augusto Escribens / Al Este)
Víctor García Belaunde en la biblioteca de su casa. (Foto: Augusto Escribens / Al Este)

«¡Prado seguía comprando propiedades en Chile durante la guerra!», «¡Mandó una vez al Huáscar a cargar carbón de su mina!», «Su casa en Viña del Mar se la vendió al general Vergara. ¿Quién era Vergara? ¡El ministro de guerra chileno durante los saqueos en Chorrillos!». El rostro de Víctor García Belaunde se enrojece durante el recuento de los hechos que rodearon el nefasto capítulo histórico de la fuga del presidente Mariano Ignacio Prado en plena Guerra del Pacífico. Aun ahora, después de publicar en más de seiscientas páginas el libro El expediente Prado, el congresista no termina de procesar sus propios hallazgos. De pronto, en medio del vendaval de recuerdos históricos, García Belaunde se queda callado. Sentado sobre una silla colonial, en una de las salas de su casa, respira hondo. «Descubrir que el país estuvo en manos de un hombre así en un momento tan difícil me ha producido un dolor profundo».

Luego de sumergirse en bibliotecas del Perú y del extranjero, García Belaunde ha descubierto la estrecha relación empresarial que tuvo Prado con el país del sur antes, durante y después de la guerra. Y las pruebas, también, de cómo la familia Prado –uno de los imperios familiares más grandes del siglo XX en el Perú– manipuló y desapareció archivos para reivindicar su nombre. «¡No puedes fraguar la historia de tu país! ¡Eso es un delito de lesa humanidad!»

El expediente Prado ha tocado fibras históricas delicadas, ha logrado buena acogida en ventas y ha recogido unánimemente el favor de la crítica. El historiador y político Fernán Altuve piensa que su publicación cambia la historia nacional del siglo XIX. El politólogo Nelson Manrique siente que el trabajo de García Belaunde vuelve a unir la política con la seriedad intelectual, y ayuda a la limpieza moral que requiere el país. El historiador Juan Luis Orrego asegura que la revelación de estos hechos permitirá corregir recuerdos parcializados que han llegado a instalarse incluso en textos escolares. En las librerías, los ejemplares están casi agotados. Hoy García Belaunde ha visto en un quiosco del centro de Lima un ejemplar pirata a cuarenta soles. No se frustra. Le demuestra –dice– que el libro «algo bueno debe tener».

En un tiempo en el que la corrupción es cotidiana, ¿qué nos revela la historia de Prado?
Que no ha cambiado mucho el Perú. Que los actores son otros, pero las modalidades son casi las mismas. Que Prado no tenía un sentido de patria. Era un hombre de negocios, convertido en político y militar para llegar a sus negocios. Hoy hay peruanos que defienden, más que al país, a las empresas que negocian con el Perú.

Cuando toca el regreso de Prado al país, su libro habla de la tolerancia y del olvido de la sociedad. ¿Qué ejemplos hay hoy de ese fenómeno?
Lo vemos todos los días en los aspirantes al Congreso, a las alcaldías o a las regiones. Se presentan candidatos que han sido condenados, que han incurrido en todo tipo de latrocinios e irregularidades. ¡Incluso los eligen! Eso está a flor de piel en nuestra sociedad, desgraciadamente.

Fujimori también abandonó el cargo. ¿La buena porción de fujimoristas presente en el Congreso es un ejemplo de ello?
Sí, evidentemente la gente ha olvidado lo que hizo Fujimori. Ha habido presidentes muy controvertidos que han vuelto al poder y han hecho borrón y cuenta nueva. En el caso de Fujimori conserva un sector importante que lo sigue, pero no volvió al poder, y no sé si algún día lo pueda hacer. Estoy seguro de que en Francia el hijo de Philippe Pétain [jefe de Estado que colaboró con el nazismo] no hubiese llegado nunca a la presidencia. Aquí el hijo de Prado sí pudo ser presidente dos veces.

Keiko lo intenta en cada elección.
Sí, somos un país de menos memoria que las viejas democracias.

***

vitocho2Durante dos años sus obligaciones parlamentarias lo obligaron a aplazar una y otra vez la presentación de su libro. A decir verdad, la política se ha inmiscuido siempre en su vida personal, desde que a los diecinueve años tuvo que salir del país, obligado por el golpe de Estado de Juan Velasco Alvarado contra su tío Fernando Belaunde Terry. Es más, si no fuera por la alcaldía aprista de Jorge del Castillo, que inauguró sin terminar la autopista Ramiro Prialé, García Belaunde asegura que no viviría en la ciudad, sino en Chaclacayo. Desde pequeño, cuando recorría las calles de ese distrito con su abuelo, pensaba en una vida con ese sol. Pero hoy, desde el patio de su casa, el cielo gris de Lima empieza a oscurecer y los cláxones de los autos suenan a lo lejos. Mientras tanto él reniega pensando que las construcciones del este de Lima hacen cada vez más difícil la tarea de terminar con ese proyecto algún día.

Pero incluso en Chaclacayo, donde se relaja junto con su familia los fines de semana, la tarea parlamentaria lo acecha. Ahí, una tarde del 2011, almorzaba en el club Los Cóndores cuando vio, debajo de la ladera, a un hombre regocijarse con su familia en la piscina de un local de la Fundación Niños del Perú. ¿Quién era esa persona? Tras tres arduos años de investigación, la pregunta ha dado como resultado el caso Orellana: el destape de una presunta red criminal de lavados de activos que ha demostrado estar extendida en todos los niveles de la sociedad, y que García Belaunde compara con la organización del narcotraficante Pablo Escobar. Esa investigación lo ha llevado a trabajar entre amenazas de muerte, reglaje y chuponeo telefónico, y a tener a más de cuarenta familiares denunciados.

¿Cómo ha podido llevar en paralelo dos investigaciones tan grandes?
Multiplicándome y acabando con más canas de las que tenía. Cuando un día terminaba con lo de Orellana, pasaba a lo de Prado para distraerme. Prado no era un peligro inminente, pues pasó hace cien años. El caso Orellana era un peligro diario permanente. Si me descuidaba un minuto, recibía más golpes. Tenía que estar atento en todo momento. Me exigió mucha concentración.

¿Qué diría que ha aprendido después de estas dos investigaciones?
Que las conductas delictivas son parecidas. Antes las hacían con mayor elegancia y consideración. Cuidaban más las formas. Hoy todo vale.

García Belaunde mira su reloj. Pronto debe partir hacia un programa periodístico más para hablar sobre el caso Orellana. Antes de irse piensa nuevamente en sus años como político. «No dejo de observar que la política me quita mucho tiempo y me distrae de mis objetivos principales en la vida».

¿Y qué conclusión saca de ello?
Que debe llegar un momento en que me dedique solamente a lo mío, para poder hacer lo que quiero. A mis 65 años creo que tengo el derecho de contar con el tiempo libre que desee para realizar lo que no he podido en los últimos treinta años.

¿Este es su último periodo?
No tengo ganas de continuar. En todo caso lo decidiré más adelante. Dependerá de muchas cosas, pero no estoy obsesionado con seguir en el Parlamento un periodo más.

¿Qué lo agobia más del Parlamento?
A veces siento que he arado en el mar. Esa famosa frase de Bolívar siempre se me viene a la mente. Haces mucho y ves que el surco desaparece tan pronto como levantas el zuncho. Por momentos siento eso.

Ahora que ha arado en la historia parece ser distinto. Últimamente García Belaunde reitera una anécdota: cuando el historiador Pablo Macera preguntó a Jorge Basadre por qué no se había ahondado más en el caso Prado, este le respondió que si él hubiera colocado todo lo que sabía sobre la guerra con Chile, el Perú no lo habría soportado. Hoy él está convencido de que estamos preparados para enfrentar las enfermedades de la historia y del presente.

Anuncios