Publicado originalmente en Asia Sur #163

Como parte de la Bienal de Fotografía de Lima, Trinidad Carrillo presentó su muestra individual, Anacoluto, y su tercer libro, The Name From Mars. Su obra es el resultado de una frustración por no poder hacerse entender con las palabras. Por eso ha hecho de la fotografía y el canto sus principales herramientas para sentar pruebas irrefutables de una dimensión de la vida más cercana a los sueños.

Trinidad Carrillo (Foto: Eva Holmberg / Tomada de Facebook)
Trinidad Carrillo (Foto: Eva Holmberg / Tomada de Facebook)

Cuando Trinidad Carrillo toma una foto retrata una vida aparte de la humana.

A los trece años, en su colegio de Rinkeby, al norte de Estocolmo, Trinidad Carrillo vio una puerta. Ha olvidado cómo el viaje a Europa con su hermano y abuelo se convirtió en una estadía permanente en Suecia, pero recuerda esa puerta siempre cerrada que tenía un cartel escrito a mano que decía “fotografía”. Y a la mujer que la esperaba dentro: una sueca feminista que, asegura, era bruja y fue su primera mentora. Trinidad, que, a pesar de las burlas, había pasado sus primeros años escolares diciendo que era de otro planeta, encontró en la oscuridad de la luz roja la posibilidad de atestiguar que su mundo era real. Se hizo alas gigantes con plumas, orejas de duende con barro y, cámara en mano, partió a los bosques.

Ya no necesita fabricar criaturas. Ahora le basta la luz de ciertos instantes de los días para probar que hay momentos en los que el lenguaje de los sueños se cuela, de improviso, en el mundo material. Su segunda exposición individual en Lima, después de más de veinte en Europa, la ha titulado Anacoluto: nombre técnico de una oración incompleta que da a entender el sentido de lo que no se llega a decir explícitamente. Y su último libro se llama The name from mars. ‘From mars’ porque no sabe cómo más llamar a ese otro lugar al que siente que pertenecen sus imágenes: una niña vestida de negro en medio de un bosque seco invadido por la neblina, otra que sumerge su rostro en un lago, su hija sentada desnuda frente a un ventilador que le hace flotar los cabellos o un bosque cubierto de nieve. Trinidad encuentra la visión extraordinaria a aquello cotidiano que pasa desapercibido para nuestros ojos. Jorge Villacorta, curador de la muestra, maestro y amigo de Trinidad, dice que desde muy temprano ella tuvo ese don: «el raro poder del reencantamiento del mundo».

Hoy ha salido el sol y Trinidad, a la sombra, sentada como una niña sobre sus rodillas en el jardín de su casa, se ha quitado las zapatillas y las medias. Viste una blusa negra con diseños de lazos naranjas y un jean rasgado a la altura del muslo que parece hecho con trozos de otros pantalones. Mientras enrolla hojas de gras, dice: «en la cotidianidad puedo encontrar puertas invisibles hacia algo más». Cuando habla, baja la mirada. «No digo que vayan a aparecer duendes, lo que me interesa es la sensación de que puedan aparecer».

Trinidad nació en Cusco en 1975. Cuando habla pareciera que faltara algo en su voz. Veintisiete años viviendo en Suecia no solo le han hecho olvidar algunas palabras sino que la han dotado de un dejo extraño. Cuando habla de sus fotos, habla de la posibilidad de múltiples mundos, de un planeta cuyo nombre no recuerda, de un lugar perdido en el aire. A Trinidad le es difícil explicarse con palabras. Para referirse a su trabajo hay que estar dispuesto a hablar de lo innombrable, a ver lo invisible.

«Mira», dice y tira en el gras un ejemplar de Naini and the Sea of Wolves, su segundo libro, publicado en 2008, que ha recibido el Swedish Photobook Award. Hay dos imágenes, una frente a otra, que muestran la similitud entre los relieves de una cama desordenada de sábanas azules y un océano con el horizonte de fondo. «Lo que me interesa son las imágenes que siento que tienen una vibración, una tensión en la que no se sabe si es aquí o allá. No trabajo para National Geographic o Unicef porque no sabría contar esas cosas de la manera que a mí me gustaría que se cuenten. Tengo fotos que son muy ¿cuál es la palabra? literales, obvias, y que las termino descartando. La vida es una con todas sus dimensiones paralelas ¿no?».

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Es la una de la mañana en un bar barranquino. Trinidad ahora lleva unas sombras intensas en los ojos,  un vestido blanco con detalles dorados de mariposas, pantis celestes con círculos negros, zapatos de taco rojos, un trozo de pelo amarrado y el resto suelto. Salvo por su poco más de metro y medio de estatura, hay pocos rastros de la fotógrafa. Sobre el escenario se quita los zapatos y respira hondo. En punta de pies, Trinidad estalla frente a un órgano con sintetizadores String Machine y mueve las manos como si recitara un poema. La canción, acompañada por una guitarra que también emite efectos más que rasgueos clásicos, es un cuento del escritor de ciencia ficción Neil Gaiman: la historia de dos amigos que van a una fiesta a conocer niñas pero caen en la cuenta que estas son muy raras, que pertenecen a otro a planeta.

Hasta antes de los veinte años, Trinidad intentó canalizar con la música la frustración de no poder verbalizar sus pensamientos. Lo que sobrevive de ello se llama Pentapolar Birds, una intensa banda de pop experimental. Una semana antes del concierto la entrevistaron en la radio y dijo: «Puedes llorar con la voz de una manera que no puedes llorar con la imagen». Trinidad, cada vez que da un concierto, siente que es eso a lo que se quisiera dedicar de lleno. Pero no soporta depender de otras personas para cada concierto. La fotografía la hace autosuficiente.

Trinidad ha pensado muchas veces en la locura. «Es interesante, aterrador y fantástico», se ríe. «Es la prueba de que no estamos en control». Piensa que se detendrá cuando sepa qué significan todas esas imágenes que ha tomado. Aún tiene esa interrogante.

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