Publicado originalmente en Tempus Noticias

El jueves 24 de abril una mujer tropezó en el Metropolitano. Una hora y cuarto y casi 45 kilómetros de recorrido después, el pequeño incidente se desató en una lucha entre trabajadores municipales y pasajeros por el control de una unidad. ¿Cómo, en un medio de transporte que estaba destinado a civilizarnos, un resbalón nos puede convertir de nuevo en salvajes?

Estación del Metropolitano. (Foto: Diego Miranda / Tempus Noticias)
Estación del Metropolitano. (Foto: Diego Miranda / Tempus Noticias)

Cuando un pasajero del Expreso 1 del Metropolitano agredió al chofer Fernando Huamán el jueves 24, Ana Gloria Flores esperaba un anti-inflamatorio en el tópico de la Estación Central. A 45 kilómetros al sur, en la Estación Las Flores, donde ocurrió el incidente, Milthon Salcedo y Víctor Urriola, ambos trabajadores del servicio, se enfrentaban a un tumulto de pasajeros que se negaba a abandonar el bus. Gustaba Panta lo registraba todo con una cámara de video.

Tres veces a la semana Ana viaja en el Metropolitano de un extremo a otro de la ciudad en poco más de una hora. Sin este sistema, le tomaría el doble de tiempo. Ana tendría que recurrir a las custers y las combis que usan el 34% de los limeños: vehículos medianos y pequeños que por lo general amontonan en su interior al menos al doble de pasajeros que están en condiciones de trasladar, por lo que habitualmente se les compara con una lata de sardinas. Durante décadas estas fueron el principal o único medio de transporte en las zonas desatendidas de la ciudad. Algunas parecen discotecas con ruedas; y otras, las balas perdidas de una mafia que se resiste a desaparecer. La reforma de transporte, ahora en curso y que busca acabar con estas unidades, meses atrás casi le cuesta la revocatoria a la alcaldesa de Lima Susana Villarán.

En el Metropolitano los trabajadores están uniformados, los carros tienen horarios, se hace fila para abordar, se dan indicaciones de seguridad, se anuncian eventos culturales. Poco a poco, en ocho años, ese corredor que atraviesa 16 de los 43 distritos de la ciudad, se ha convertido en una especie de clase pública de educación cívica. «Los habitantes de la metrópoli, de alguna manera ‘adaptados’ a convivir con un transporte público con conductores temerarios, vehículos en mal estado, trato deficiente y de rutas largas, de pronto experimentan que sí es posible recibir un servicio de mejor calidad», escribe el urbanista Pablo Vega-Centeno, en su estudio sobre los efectos del Metropolitano. El gerente de operaciones de Protransporte, Gustavo Gutiérrez, habla incluso de una cultura del Metropolitano: «una actitud de colaboración de la gran mayoría de los usuarios para sobrellevar las dificultades de un servicio que por su éxito tiene problemas de congestionamiento».

Pero el jueves 24 de abril, cuando se desató el caos y se agredió al chofer del Expreso 1, quedó expuesto el lado más imperfecto del servicio.

El tropiezo  

Como todas las semanas hace más de un año, Ana Flores había cruzado la ciudad desde el terminal norte del Metropolitano, el Naranjal, hasta el terminal sur, en Matellini. Tres días a la semana Ana sube al Expreso 1 que le permite ahorrarse 17 de las 35 estaciones y llevar a la terapia de rehabilitación a su hijo de cuatro años que sufre de hipotonía, flacidez en los músculos.

A las seis de la tarde las estaciones del Metropolitano rebalsan de oficinistas, universitarios, escolares y obreros. Ha sido necesario construir más vías de acceso y salidas para descongestionarlas. Ana ha aprendido a lidiar con la multitud cuando vuelve a casa a esa hora. Por lo que está segura de que ese jueves 24 el Expreso no se acercó lo suficiente a la puerta del terminal sur. Entre la multitud, Ana dio un paso en falso que se perdió en el espacio vacío entre la estación y el bus metropolitano. La caída hizo que su hijo se quedara pasmado.

Una semana después, Ana mantiene tres moretones en su rodilla y el pómulo derecho le duele cuando se toca. «Cuando hay un problema los choferes deberían pararse y acercarse a ver quién es la persona. Pero él no se movió de su asiento», reclama Ana en su bodega al fondo de un galería de autopartes en Comas. Tiene la piel morena, la cara redonda y el pelo negro y lacio sujetado con una cola.

Ana Gloria Flores, mujer accidentada el día de los hechos (Foto: Diego Miranda).
Ana Gloria Flores, mujer accidentada el día de los hechos (Foto: Diego Miranda).

Camino a su casa en el norte de la ciudad, Ana se negó a bajar en la Estación Central, todavía lejos de su destino. El chofer le había informado que en esa parada la podrían atender en el tópico. Para entonces el hijo de Ana se había quedado dormido y no había personal para ayudarla a bajar del bus. Cuando llegó a su paradero, sin embargo, no podía caminar por el dolor y le pidió al conductor que la llevara de vuelta a la Estación Central. Ahí, asegura, el chofer cometió un error determinante: volver a llenar el bus de pasajeros. Ana cree que debió llevarla sólo a ella y asegurarse de que no necesitara mayor atención. En el tópico hicieron el registro del incidente, le aplicaron una inyección para el dolor y un representante del SOAT (el seguro de accidentes de tránsito) le ofreció llevarla a una clínica. Pero toda la documentación necesaria para que se le atendiera, viajaba en el bus, ahora hacia al sur, rumbo a la estación Plaza Las Flores.

El caos en Plaza Flores

Al encargado de seguridad, Víctor Urriola, y al orientador, Milthon Salcedo, les desconcertó que el bus de esa ruta se detuviese en la estación Plaza Las Flores. A Víctor le avisaron los pasajeros, confundidos porque el Expreso 1 se parara más tiempo de lo normal y en una estación que no era la suya; para luego pedir a todos que desembarquen. La unidad debía volver vacía a la Estación Central donde Ana esperaba que la inyección de analgésico haga efecto.

Víctor es un hombre moreno, de voz gruesa, que llevaba tres semanas de trabajo en el Metropolitano. Esa noche intentó explicarle a los pasajeros que debían bajar pero le respondieron que quién era él para dar esa orden, que cómo se podía atropellar así el derecho de los usuarios. En el Metropolitano no se conoce jerarquía alguna. En un avión, si no se acata las órdenes del comandante de la nave, cualquier persona puede ser detenida. Sólo en la web existe un reglamento donde el punto tres de las obligaciones de los usuarios indica que se debe estar atento a las indicaciones de los trabajadores y a las señaléticas. Pero las encuestas revelan que si los usuarios valoran este sistema, no es por su orden, limpieza o comodidad (5%), sino por su velocidad (68%), según el informe Lima Cómo Vamos de 2013. Vega-Centeno, en su ensayo,  asegura que un sistema como el Metropolitano «invita a los usuarios a desarrollar comportamientos proactivos, lo que supone un paso importante en la maduración de conductas ciudadanas». Pero los pasajeros por lo general van apurados.

Milthon Salcedo, orientador del Metropolitano (Foto: Diego Miranda).
Milthon Salcedo, orientador del Metropolitano (Foto: Diego Miranda).

Milthon mide aproximadamente un metro setenta y cinco, tiene un peinado en forma de hongo que cubre la rapada a ambos lados de su cabeza, dice catorce horas en vez de dos de la tarde y trabaja en el Metropolitano hace más de cuatro años como orientador. «Al policía lo habían estado llamando para decirle que había un Expreso que venía de norte a sur, que había sufrido una incidencia y que debía girar para dirigirse al norte. Nosotros pensábamos que recién llegaría pero el carro ya estaba ahí».

La estación Plaza Las Flores tiene la forma de una letra Y: dos entradas que se juntan hacia el fondo. Por su ubicación, en hora punta tiene el ajetreo de otras estaciones como la de Angamos o Javier Prado, dos de las avenidas más transitadas de la ciudad. De seis de la tarde hasta cerca de las ocho de la noche sólo se puede cruzar de un lado a otro quitándose la mochila y poniéndose de costado para pasar entre las colas y las puertas de embarque. Encargados de esa multitud están tres personas: Víctor, Milthon y un policía. Cuando los tres tuvieron que hacerse cargo de la confusión del Expreso 1, el embarque de sur a norte quedó a criterio de los usuarios. «Hay videos donde se ve a la gente saltando, pasándose los torniquetes», se fastidia Milthon. «Eso pasa en todas las estaciones. Cuando por algún motivo no hay alguien en la entrada, se meten. Si se les reclama, lo primero que hacen es agredirte».

La Lima en la que reinó el transporte público sin reglas es ahora una sociedad donde sus propios habitantes perciben que menos de la mitad de los ciudadanos (45,2%) respetan las leyes. Y para corregirlo hay, además, resistencia y peligro. «Estamos viviendo días de mucha tensión. Si una persona hace alguna observación o corrección, puede terminar o insultada o hasta golpeada. Es mejor medirse y no meterse». Esto aseguró a un medio local la psiquiatra del Instituto Nacional de Salud Mental, Patricia Albornoz, a propósito del incidente.

El video

Gustavo Panta, autor del video del incidente del Metropolitano (Foto: Diego Miranda).
Gustavo Panta, autor del video del incidente del Metropolitano (Foto: Diego Miranda).

En medio del tumulto estaba Gustavo Panta, un diseñador gráfico de 34 años que cargaba consigo su cámara Nikon Coolpix. «No me gusta fotografiar algo, sino capturar momentos», aclara. «Yo cargo mi cámara porque siempre puede pasar algo y luego no te creen”. Gustavo empezó a grabar. Con los 20 minutos que registró, editó un video de seis minutos y medio que acaparó las redes sociales y los noticieros días después. Gustavo hace énfasis en un detalle: nunca se explicó a la gente por qué debían bajar del Expreso, aunque se rumoraba en la estación que era a causa de una falla en los frenos.

El Expreso 1 llevaba detenido más de 15 minutos. Detrás de él, conforme pasaba el tiempo, la cola de buses se extendía. Milthon y el policía decidieron tomar medidas más drásticas: el bus debía girar hacia el norte, aun con los pasajeros dentro, para que la vía quedara libre. Gustavo se quedó grabando a distancia, desde la estación, cuando la unidad se detuvo inesperadamente a media curva. Hasta ahora nadie sabía por qué.

«Tres personas habían cogido el timón y no dejaban que el chofer lo girara. Estaban fuera de sí», recuerda Víctor. Dentro del bus lo filmaban y le exigían que se identifique, pero en medio de la trifulca decidió no hacer caso. En circunstancias así, él sólo puede tratar de mantener el orden. Como no respondía, le quitaron la gorra para que reaccionara. A Milthon lo tiraron contra la puerta del copiloto donde se le cayeron los lentes. Antes de reaccionar, recordó que llevaba el chaleco de trabajo puesto y se calmó. Hace un año, al impedir que un sujeto ebrio entrara a la estación Ricardo Palma, recibió un puñete que le reventó el labio inferior.

Esta vez le tocó al chofer. Ninguno de los entrevistados sabe cuándo, de dónde ni por qué apareció Francisco Padró, un hombre calvo y fornido, que atravesó a toda la multitud para gritarle al chofer que era un hijo de puta y lanzarle un puñete. Gustavo editó el video hasta las cinco y media de la mañana y Padró se convirtió en el antagonista de todo lo ocurrido.

En las redes sociales se condenó la actitud de Padró y su rostro circuló hasta que cinco días después se disculpó a través de su cuenta de Facebook calificándose a sí mismo de cobarde. Su mea culpa resultó una síntesis de la relación de los limeños con el transporte público: «soy alguien como tú, que está harto de que todos los días muera alguien en las pistas atropellado por un chofer irresponsable, harto de que casi lo atropellen como peatón a pesar de tener el verde a favor y de que le arranquen el bus antes de haber terminado de bajar (…) Nos pareció que una vez más se burlaban de nosotros, del público usuario, como tantas veces».

La noticia

Cuando el bus por fin retornó a la Estación Central cerca de las nueve de la noche, Ana pudo ser llevada a una clínica cercana. Le hicieron exámenes, le sacaron radiografías y el diagnóstico no indicó nada grave.

Por lo general Ana llega a casa y se va directo a dormir. Seis días después recién vio en la televisión un rostro que se le hacía conocido. Era el chofer Francisco Huamán. Los conductores del programa hablaban de una agresión, de un bus que tenía que regresar, de una pasajera accidentada. «¿Será posible?», se preguntó Ana.

Anuncios