Publicado originalmente en Asia Sur #159 con el título Pinceladas al vacío

Por cerca de quince años, el pintor Miguel Alfaro ha transitado del arte figurativo al abstracto para hallar la libertad que anheló desde su infancia.

Martín Alfaro en su estudio en Barranco (Foto: Augusto Escribens)
Martín Alfaro en su estudio en Barranco (Foto: Augusto Escribens)

Miguel Alfaro no sabía bien qué hacía enseñando arte en el colegio de una minera en Toquepala. Era interesante ver cómo los niños daban rienda suelta a su creatividad, pero hacerlos formar, cantar el himno nacional, vestir formal no iba con él. Aunque lo que más le molestaba era no tener tiempo para pintar. Un día sus alumnos dejaron los pinceles flotando en el lavatorio en vez de lavarlos. Miguel estaba cansado, cogió todos los pinceles y los lanzó contra la pizarra. No se sabe qué imagen realizó esa acción, pero probablemente haya sido su primera obra abstracta la que lo liberaría de esas ataduras y formalidades escolares que tanto había rechazado desde su propia etapa escolar. Hoy, tras cerca de quince años de trabajo y cuatro etapas pictóricas, ha encontrado en la pintura abstracta su consolidación como artista.

Parte de esta obra de colores salpicados e improvisados se podrá ver desde el dos de abril en la galería de El Olivar. Miguel puede estar posando para las fotos y, si se le ocurre, hace un alto, sumerge un pincel en pintura gris y la estampa en un cuadro que tiene al lado. De la misma manera improvisada descubrió lo que ahora identifica su obra abstracta. Al mezclar la pintura con sustancias más líquidas, los colores empezaron a escurrirse en sus lienzos.

Cuando comenzó a pintar, lo hizo guiado por la pintura surrealista, pero se dio cuenta de que, más allá de una tradición pictórica, las influencias de una persona están en su entorno. De ahí que sus primeras pinturas, cuadros de pequeñas dimensiones, trabajados en su mayoría con grises, se concentraran en las fábricas, el humo y los aviones que observaba en su camino diario de Los Olivos a la escuela de Bellas Artes. De la misma manera apareció Mr. Van Gogh, el personaje barbón de una serie de nueve pinturas hechas con colores planos, sin mayor alteración de matices o sombras. Se trata de imágenes muy cercanas a los cómics e influenciadas por las herramientas del programa de Windows, Paint. Mr. Van Gogh toma un bus en la calle, lee el periódico en un quiosco u observa la ciudad por la ventana de su departamento. A partir de ahí, Miguel entró en una transición de seis años hacia el arte abstracto. Si en el colegio sentía la necesidad de huir de los parámetros educativos, ahora deseaba deshacerse de las líneas que dividían un color de otro. «Era una necesidad física de fluir, de ser más gestual. Cuando haces figuración, te detienes para repasar una buena figura; estás más dentro de un procedimiento. En la abstracción, uno es más gestual, no te detienes, es como pintura en tu cara sin anestesia», dice Miguel, rodeado por sus obras de uno y otro estilo.

Mientras trabaja en un nuevo proyecto de pintura sobre cartones desechados y en un cuadro que algunos promotores le dicen que está listo pero él cree que no, Miguel se pregunta hasta qué punto el arte puede no estar condicionado por otros intereses. Abstraerse en la pintura, por ahora, le ha dado una libertad que desde pequeño anhelaba.

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