Publicado originalmente en Asia Sur #154

La artista Cecilia Noriega-Bozovich presenta en el Icpna una antología de los últimos catorce años de su trabajo.

Cecilia Noriega en su muestra TOUT EST FÉTICHISTE/TOUT EST POLITIQUE.
Cecilia Noriega en su muestra TOUT EST FÉTICHISTE/TOUT EST POLITIQUE. (Foto: Difusión)

La última exposición de la artista Cecilia Noriega-Bozovich está dividida por colores y realidades: en la primera y más amplia sala de paredes blancas, el rosado y el rojo de las obras de gran formato representan los fetiches de la política, del amor y del dinero. En una segunda sala, pequeña, de paredes negras y poca luz, la oscuridad se apodera de las piezas de tonos beige y blanco de mediano formato con las cuales reflexiona sobre el conflicto en el Vraem, la cocaína y la muerte.

Parecen dos muestras distintas de artistas diferentes, pero se trata en realidad de la representación de un interés que Cecilia no recuerda cuándo apareció: los fetiches como necesidad de llenar vacíos, la esperanza traspasada a objetos materiales, el camuflaje de las carencias. La idea se consolida ahora en esta antología de su trabajo entre 1999 y el 2013 llamada Tout est fétichiste/Tout est politique (Todo es fetiche / todo es política).

En la galería del Icpna de Miraflores, los extremos de la primera sala están dominados por vehículos pintados en su totalidad de rosado. Un Camaro transformado por dentro en un lecho matrimonial y acompañado de un velo de novia que cae cuatro metros desde el techo y un brasier mamario de tres metros de largo. Y al otro lado, el Chismemóvil, un Jeep militar que en el 2000 sacó a las calles para grabar a distintas personalidades hablando de política mientras recorría el Centro Histórico de Lima. Al medio, como un corazón, el color rojo abraza las distintas versiones de sillones presidenciales que Cecilia trabajó desde la fotografía y en pequeñas especies de esculturas o altares.

En la segunda sala se han colocado ladrillos, baldosas, mamparas y cuadros que ha trabajado con casquillos de balas y hojas de coca como elementos centrales. «El fetiche de la cocaína es impresionante. Uno pide a la cocaína todo lo que quiere, como si fuera una gran madre. Necesitaba hablar de lo feo de una manera estéticamente bella, y ahora hay piezas bellas que comprimen una realidad horrible», dice Cecilia en su departamento que parece una extensión de su exposición: los cubículos de su librero de madera donde ha colocado cerámicas están pintados de rosado al igual que su pantalón y el fondo del reloj que lleva en la muñeca. Al frente, la otra realidad: cuadros hechos de pólvora y hoja de coca licuada.

La vida de Cecilia también se divide en dos. Sus padres no le permitieron inmiscuirse en el arte. Una vez terminado el colegio debía dedicarse a ser esposa. Por muchos años lo fue, hasta que la incapacidad de expresarse la llevó a una dura depresión.  Bastaron solo dos sesiones de psicoanálisis para hallar el problema y encontrar la solución. A los 32 años, 14 años después de haberse casado, Cecilia empezó a trabajar con el arte. «Mi terquedad me ha dado muchos ánimos y seguridad», dice.

La exposición de Cecilia Noriega es como dos exposiciones en una. Dos realidades apreciadas y analizadas de dos modos distintos, pero entrelazadas por la obsesión de una artista por las obsesiones de los demás.

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