Publicado originalmente en Asia Sur #154

Jorge Heraud no recuerda cómo se interesó por la ciencia, sólo sabe que de pequeño prefería quedarse en casa armando pequeños motores y no salir a pasear con su familia. Con el tiempo, su afán por la ciencia lo ha llevó encabezar el proyecto que puso en el espacio los dos primeros satélites peruanos. Ahora quiere predecir temblores.

Científico Jorge Heraud (Foto: Santiago Barco)
Científico Jorge Heraud (Foto: Santiago Barco)

El científico Jorge Heraud tuvo que esperar hasta las dos de la mañana para quitarse la angustia que llevaba encima. No todos los días se envía un satélite al espacio, no todos los lanzamientos se tratan de los primeros satélites de un país, no todos los días se hace historia. Jorge Heraud, de hecho, no sabe cómo comenzó su interés por la ciencia. Ha ido tomando nota poco a poco de los recuerdos que guardan sus amigos y familiares que dicen que siempre se empecinaba en mostrar sus libros sobre los planetas y el sistema solar que había dibujado en una cartulina. «Cómo ocurrió no sé. ¿Uno nace o se hace?», se cuestiona Heraud a los 74 años, como director del Instituto de Radioastronomía de la Universidad Católica del Perú.

La noche del lanzamiento, el 21 de noviembre del 2013, en el instituto lo acompañaban su esposa y el equipo de alumnos y profesionales que había dirigido durante tres años esperando ese momento. Jorge Heraud se había ganado ese lugar. En primaria ganó la medalla de oro en ciencias y matemática, y se hizo parte la Asociación Peruana de Astronomía tras asistir todos los viernes a talleres para aprender a armar un telescopio. Años después, como investigador, había sido parte de la creación del Observatorio de Jicamarca, el primer y más grande radar para el estudio de la ionosfera en esta parte del planeta; de la puesta en operación de la primera computadora digital del Perú; de los estudios pioneros sobre el uso de los satélites para llevar educación a zonas de difícil acceso. Con el grupo de radioaficionados del país, Radio Club Peruano, había logrado utilizar la luna como satélite para enviar mensajes en código morse en solo dos segundos.

Ahora Jorge Heraud estaba a punto de ver culminada quizá su más grande hazaña: enviarían los dos primeros satélites peruanos al espacio, ambos construídos por él y su equipo. El PUCP-Sat 1 y Pocket-PUCP saldrían del planeta con fines académicos y de investigación en ciencia e ingeniería espacial, misión similar a la de los primeros satélites de Chile, Argentina y Brasil que ya han lanzado tres, diez y once satélites, respectivamente.

La angustia crecía porque no podrían ver cómo los satélites abandonaban el planeta. Sólo contaban con mensajes escritos del equipo italiano especializado en instalar satélites en cohetes para ser enviados al espacio. Los mensajes llegaban por Skype desde el cosmódromo Yasny, en el sur de Rusia. Los satélites habían superado todas esas pruebas pero si del espacio se trata, nadie está seguro de lo que puede suceder. El año pasado, por ejemplo, Ecuador perdió uno de sus dos satélites después que el NEE-01 Pegaso colisionara con basura espacial.

A las dos de la mañana con diez minutos y diez segundos llegó a información esperada: los satélites han sido lanzados, están en órbita. En ese momento, en el espacio, el satélite PUCP-Sat 1, un cubo de diez por diez centímetros hecho de placas de computadora, abría su parte superior para soltar el Pocket-PUCP. Todos aplaudieron, se abrazaron, y saltaron en círculos alrededor del doctor Heraud, quien también dio unos brincos sin dejar de sonreir.

Jorge Heraud y su equipo lograban poner los primeros satélites peruanos en órbita, poner al país a la par de Venezuela y Colombia, y ensayar por primera vez en la historia el lanzamiento de un satélite dentro de otro. Al día siguiente, Heraud llegó con una noticia adicional que nadie había previsto: la BBC de Londres, además, señalaba que el Pocket-PUCP había logrado un récord mundial, era el satélite en órbita más pequeño del mundo.

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Por estos días, el científico Javier Heraud y su equipo trabajan en otro proyecto: predecir terremotos. Han instalado diez magnetófonos –sistema que registra pulsiones eléctricas– en diversos puntos del país. Sólo entre abril y noviembre del año pasado han registrado seis sismos con dos semanas de anticipación. En la pantalla de 52 pulgadas de la sala principal del instituto aparece el mapa del Perú. Un pequeño círculo amarillo aparece cerca de las doscientas millas marinas. Un círculo significa una descarga eléctrica. En menos de tres segundos se sobreponen cerca de veinte circulos más. Luego de un pequeño silencio en la pantalla aparece una estrella cerca al mismo lugar. Es el sismo.

Tras el terremoto de Pisco en el 2007, que produjo destellos en el cielo, se dedicaron a identificar de dónde provenían aquellas luces. Concluyeron que venían de grandes rocas de la ciudad como las Islas San Lorenzo o el Morro Solar que por su antigüedad conservan gran cantidad de minerales con energía eléctrica que al momento de un sismo la descargan.

Sin embargo, para que el segundo gran reto que encabeza Jorge se haga realidad aún falta mucho: cincuenta magnetófonos más y una inversión de cerca de tres millones de dólares. «La ciencia es un compromiso con la verdad y hay que contrastarla mucho con la realidad», dice el ciéntifico. Al fondo, tres monitores rodeados de botones y perillas continúan trazando líneas y emitiendo sonidos que registran lo que pasa bajo tierra. Puede que pronto esos confusos datos logren salvar vidas y el científico Jorge Heraud vuelva a hacer historia.

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