Marita Ibañez ha fotografiado, dibujado, cortado y ensamblado el enredo urbano de Lima. Como la ciudad, su obra ha ido creciendo y mutando sin ningún plan previo hasta su muestra actual, Ciudad Estéreo. Pronto su proyecto más monumental se alzará en el Teatro Nacional para el estreno mundial de la ópera La ciudad que habita bajo el mar.
¿Es posible apreciar el caos urbano de la ciudad?

Marita Ibañez en su exposición Ciudad Estéreo (Foto: Illariy Ortiz)
Marita Ibañez en su exposición Ciudad Estéreo (Foto: Illariy Ortiz)

Marita. De Marito. De Mario. La madre transformando el nombre del padre para nombrar a la hija. Marita, un juego de palabras, una transformación, una fusión.

Marita, de niña, hace lo que hacen los niños: pinta paredes, arma casas con legos. Marita, terminando el colegio, hace lo que hacen los demás escolares: test vocacionales. Ingeniería, Comunicación o Administración para sus amigas. Marita: intereses dispersos. Entonces hay que fusionar.

Marita en la facultad de arte de la Universidad Católica. Otra vez lo mismo: intereses dispersos. El dibujo, la fotografía, el grabado, las herramientas digitales.

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Vivía en Chaclacayo. De Lunes a Viernes atravesaba Lima dos veces al día. En carro, colectivo o micro, cuatro horas y 88 kilómetros todos los días, aproximadamente. 20 horas y 440 kilómetros cada semana observando la mutación de la ciudad.

Entre la casa campestre y la universidad cruzaba Ñaña, Huaycán, Santa Anita, San Borja, San Isidro, Jesús María, Pueblo Libre, San Miguel.

“La variación del paisaje tiene mucho que ver con las rutinas de vida de las personas que lo habitan. Me parecía súper interesante cómo estábamos más cerca de lo que pensábamos. Cómo cada espacio, cada ventana, era una historia que tenía que ver con historias de migración, de crecimiento. Siempre me ha parecido súper poético todo ese transcurso entre un espacio y otro”. Marita utiliza el adverbio ‘súper’ cada tanto. Tiene aretes dorados en forma de triángulo, blusa morada, chompa roja, falda beige, panties y ballerinas negras.  El pelo negro y lacio hecho trenza. Hoy vive en Mirafores.

Al entrar al café ha corrido al estante de los diarios, tomado El Comercio y cogido la sección Luces.

– Es que cubrieron la presentación – abre los ojos oscuros, emocionada. En la sección de Sociales, debajo de las fotos del aniversario de la Sociedad Filarmónica de Lima, están las fotos de la inauguración de su exposición. En la foto, Marita sonríe a la cámara con un mechón de pelo en la frente. Un día antes se compró un vestido con diseños cuadrados en Joaquín Miró para no pasar desapercibida. Los invitados pensaron que era parte de la muestra. La nota, de un párrafo, se titula El panorama urbano de Marita.

– Una joven promesa del arte peruano – lee en voz alta, sonríe, se tapa la boca, se sonroja.

Queda una semana de su última muestra, Ciudad Estéreo, en la galería Índigo. Marita está más relajada. La sensación después de una muestra es como lo que se imagina que debe ser una sensación post parto, dice. El último mes no ha pensado en otra cosa. Para las exposiciones trata de terminar con todo una semana antes. No se permite hacer variaciones cerca al “gran día”. Esta vez estuvo planteando piezas incluso dos días antes.

Para una muestra camina, toma fotos, recolecta, toma apuntes, selecciona alrededor de 2 mil piezas. Selecciona otra vez, mil. Otra vez, quinientas. Otra vez, cien. A veces se enamora de diez. Digitaliza, imprime, dibuja, corta, corta, corta. El resultado, esta vez, son 27 piezas que sintetizan la metamorfosis de su obra y la ciudad.

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Así como Marita, su madre se llama Lucy. De Lucila, la abuela. Otra transformación, juego, fusión, para nombrar a la familia. Lucila era de Trujillo, fabricaba muñecas y falleció cuando Marita tenía siete años. Lo único que llegó a ver Marita de las muñecas fueron los moldes de las cabezas. A ella le dedicó su primera muestra, Civitas.

– A ella le hubiera gustado tener una educación superior y formal en temas de arte. Cuando quiso hacerlo ya no pudo, estaba casada. Estudiar arte, crecer profesionalmente, hacer lo que quiero y poder tener un trabajo independiente para mí es como estar cumpliendo el sueño de las dos. – Marita y Lucila fusionadas.

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Primero fue su proyecto Argleton City. Argleton, el primer lugar insertado en Google Maps, un dato falso, una ciudad que no existe. Para Marita el misterio se tradujo en grabados, fotografías y dibujos fusionados para investigar la transformación de la ciudad.

Después una Itinerante en Corriente Alterna. Tres piezas, tres mapas. Su madre es de Arequipa, su padre de La Libertad, ella de Lima. El norte y el sur convergiendo en el centro.

Dentro de los mapas hay fotografías familiares. “Es la idea de unificar un gran mapa, mi propio mapa, sin que pierda la esencia de ser un árbol genealógico”, explicaba en una entrevista.

La primera muestra individual, Civitas, fue en el 2011. Valeria Quintana escribió sobre Civitas: “Imágenes urbanas que se sintetizan, se desbordan, se entretejen de manera caótica reconstruyéndose una y otra vez a partir del referente mutable limeño y sus múltiples evidencias”.

En su siguiente muestra, City Toy, todo creció. La fotografía, el dibujo, el grabado, el desborde, todo adquirió tres dimensiones. La obra de Marita se transformó en estructuras.

Sobre City Toy, Juan Peralta escribió: “esta ciudad no es aquella de los grandes monumentos o la inmensa historia tradicional. Es todo lo contrario. Es la ciudad de lo cotidiano, de aquello que es fácilmente aprehensible por la memoria colectiva como algo que nos pertenece”.

Este año, para el aniversario de Lima, la obra de Marita se alzó en el Museo Metropolitano. Se llamó Lima 478. El museógrafo Luís Repetto escribió que para el quinto centenario de Lima, las nuevas tendencias  arquitectónicas de la ciudad darían como resultado  “una Lima imaginada como la que plantea Marita Ibañez”.

Esta vez, en Ciudad Estéreo, la Lima de Marita es la Lima de las viviendas, de las calles menos transitadas, menos percibidas. Están las rejas, las tejas, las paredes sin tarrajear, los carteles de Internet y de servicio de copias, los postes de luz, los cables de teléfono. Lo cotidiano expandiéndose de manera circular. Lima hecha flor o tuerca de maquinaria.

Ya en el 2011, Marita adelantaba una frase que resumiera toda su obra: “una especie de monstruo que se va transformando”.

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Para Jürgen Bähr y Axel Borsdorf, en La ciudad latinoamericana: la construcción de un modelo (2005), el monstruo creció y se moldeó en cuatro etapas: la ciudad compacta (1550 – 1820), la ciudad sectorial (1820 – 1950), la ciudad polarizada (1950 – 1990) y la ciudad fragmentada (desde 1990).

La descripción del último periodo podría ser también la descripción de Ciudad Estereo: “elementos económicos y barrios habitacionales se dispersan y mezclan en espacios pequeños: urbanizaciones de lujo se localizan en barrios muy pobres, centros de comercio se emplazan en todas partes de la ciudad; barrios marginales entran en los sectores de la clase alta.”

En Dimensión metropolitana de la globalización (2002), Miriam Chion habla de las ciudades como redes de relaciones sociales, financieras, comunicacionales y de poder. La ciudad no solo como objeto, sino como proceso. Para Salazar Bondy toda ciudad era también “un destino porque es, en principio, una utopía”.

En el caso de Marita es composición, ritmo, observación. En el colegio le interesaba la sociología, la antropología, la arquitectura, la física, el trabajo social.  Algo tenía que unir todos esos intereses. “(El arte) me permitió conectarme a un nivel visual más que en un lenguaje tradicional de una especialidad. Lo mío no es un trabajo antropológico, es un trabajo artístico en el que hay un interés por la ciudad”.

Marita es la primera generación limeña de su familia. En esa mezcla está la riqueza, dice. Su obra es la diversidad social hecha ensamblaje y collage.

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Es invierno pero hoy ha salido un sol que se filtra por el techo hacia el patio de la exposición y cae sobre una pieza. Marita se intranquiliza. Duda de si seguir posando para las fotos o ir a pedir que hagan algo.

En la tienda y galería de arte Índigo, frente a obras de Fito Espinoza, compartiendo tienda con Cherman y al lado de cosméticos Waytay, las piezas de Marita se venden a mil soles.

– Estoy cada vez más desprejuiciada con el tema. Cuando uno está en la universidad piensa que el arte solo es de uno, que no importa vender. Al final te das cuenta que, primero, es un trabajo. Tiene la parte del proceso creativo y de relación personal con la obra, pero no eres el artista que vive en el desván con la boina y el overol. Para mí ese es un cliché que no tiene sentido ahora. Si la obra es interesante, la gente se conecta. Eso es lo que me interesa hacer: un objeto de deseo.

Después de la entrevista, Marita tiene una cita con un comprador. Al día siguiente anunciará en su cuenta de Facebook que las sietes piezas ensambladas de la muestra “volaron”.

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“Nuestra preocupación por la ciudad no debe responder sólo al evidente giro demográfico de los últimos cincuenta años, sino también a las nuevas formas en las que los habitantes de una ciudad más consolidada ordenan sus experiencias cotidianas,”  escribió Pablo Sandoval en Los rostros cambiantes de la ciudad (2000).

¿Por qué están ausentes las personas en sus cuadros?, le preguntaron a Marita en una entrevista. “No siento la necesidad todavía. Siento que está hablando la ciudad y que hay que escuchar a la ciudad”, respondió.

Pero en Ciudad Estéreo la vida humana empieza a asomar. El curador de la muestra, el brasilero Douglas Negrisolli, ha escrito que la muestra actual no trata precisamente de la ciudad, si no de las historias de la gente que vive allí. “Este juego pop entre casas, edificios y espacios comerciales me recuerda a la gente que vive en ellos, incluso si las personas no aparecen allí”.

Negrisolli, en el texto que acompaña la muestra, confiesa que no conoce Lima. Marita y Brasil se conocieron por internet. En la Galería Marta Traba de Brasil escribieron en el buscador de Google: “ciudad”, “arte contemporáneo”, “Latinoamérica”. Así, Marita terminó participando en las exposiciones colectivas Aberto para Re-Forma, Mão da América y la Bienal de Sao Paulo del 2010. Ahora Marita viaja a Brasil unas tres veces al año y es representada por la Galería Canvas.

En la 29ª Bienal de Sao Paulo el artista Hélio Oiticica presentó la obra Ninhos (Niños): una estructura de cubos vacíos, similar a los juegos para niños que hay en los parques. Marita se paró frente a la obra y vio cómo los niños trepaban y desaparecían tras las cortinas que Oiticica había puesto en cada cubo. Desde entonces Marita piensa en una obra penetrable, habitable. Un Edificio Marita, dice, se ríe, se sonroja.

Pero algunos compradores le han pedido a Marita que se tranquilice con el tamaño de sus obras. Si su trabajo reflejaba el desborde de la ciudad, ahora son sus piezas las que empiezan a no caber. Por el momento, la Ciudad Marita va en aumento.

En el Teatro Nacional lanzaron al aire la palabra ‘ciudad’ y calló el nombre de Marita. El estreno mundial de la opera La ciudad que habita bajo el mar tendrá, literalmente, como protagonista de fondo un trabajo monumental de Marita Ibañez. La obra habitable. Un paso más hacia el Edificio Marita.

– Es una experiencia abrumadora. Me asusta y motiva a la vez.– cuando habla del proyecto que tiene por delante ahora, se queda callada un momento y respira hondo. – Une un montón de cosas que he ido haciendo a lo largo de mi vida.- Marita ha pertenecido al Coro Nacional de Niños, ha bailado en la opera Rigoletto, junto a Juan Diego Flores y, en vez de ir al gimnasio, baila flamenco.  Conoce los escenarios como bailarina, ahora le toca como artista plástica. Una vez más, la necesidad de fusionarse.

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