Publicado originalmente en El Espectador de Colombia.

Metta Anderson ha dedicado la segunda parte de su vida a retratar la ciudad de Bogotá. Le costó cincuenta y tres años entender que su interés por el arte no era una enfermedad. Hoy, en su puesto del mercado de San Alejo, espera ganar unos pesos para pagar el recibo de la luz. No quiere saber nada del pensamiento norteamericano que dejó atrás. Lo único que le interesa es la luz y las sombras de la arquitectura de la ciudad. 

Metta Anderson camino al mercado de San Alejo (Foto: Raúl Lescano Méndez)
Metta Anderson camino al mercado de San Alejo (Foto: Raúl Lescano Méndez)

Cinco fotografías cuelgan de una tira roja de nylon que Metta Anderson, de 68 años, ha amarrado en su puesto del Mercado de Pulgas de San Alejo. Las imágenes son conocidas pero no tanto. ¿Esta es Bogotá?

Los miembros del mercado son quinientas familias que, dependiendo de su mercancía, llegan todos los domingos desde las ocho de la mañana con mochilas, maletas, camionetas o camiones de mudanza. Metta lo hace con una maleta de ruedas American Tourister beige de diez kilos con las fotografías que ha seleccionado para el día.

Metta cubre su mesa con un mantel blanco de plástico, asegura tres fotos a la mesa con ganchos, arma una caja de cartón donde acomoda de pie el resto de las fotos y amarra a una cadena su portafolio, que tiene el título La Pequeña Galería Dominical escrito a mano en un pedazo de cartulina bajo el forro de plástico.  El título es una estrategia de optimismo: si no vende, por lo menos ha expuesto su obra.

A su derecha una comerciante se las arregla para dar espacio a las ollas, platos, prendas de ropa, sábanas, muñecos, carteras, que trae para vender. Su otra vecina, a la izquierda, se ha deshecho de la mesa para inundar su puesto con antigüedades que van desde unos zapatos tipo Aladino hasta carteles de Coca-Cola de los años setenta.

El mercado de San Alejo es el centro neurálgico del mercado ambulante que se extiende los domingos por la Avenida Séptima y sus transversales en el centro de la ciudad. La avenida se llena de los colores de frutas, revistas, libros, globos, helados, calzoncillos. De sonidos de bicicletas, gritos y una variedad musical que cambia de calle en calle con parejas que bailan tango, imitadores de Michael Jackson, vendedores de discos de boleros y tiendas de ropa que ponen tecno a todo volumen.

En las fotografías que ha colgado Metta en la cuerda se ve el barrio de Chapinero en 1993, el edificio de la Gobernación en 1999, la Calle 9 de La Candelaria en el 2005, el edificio del Centro Internacional Tequendama en 1990 y La Candelaria de noche en 1999. Todas en blanco y negro. Silenciosas.

– ¿Esta es Bogotá? – pregunta un hombre de unos cuarenta años. La imagen se le hace conocida pero no tanto. ¿Así es esta ciudad? Puede serlo. Pregunta el precio y si siempre está en ese puesto. Dice que volverá el próximo domingo.

Metta cree que es “el talento individual y alguna cualidad casi imposible de definir” lo que puede convertir una foto en algo “más memorable” que un simple recordatorio. Bogotá, en su obra, es arquitectura, luz y sombra. Frente al bullicio ambulante que se apodera del centro los domingos, esas imágenes son una posibilidad de silenciarla.

Desde que viajó a Colombia por primera vez en 1965, Metta cree que, así como Moscú, El Cairo, París, Nueva York, Tokio, Bombay; Bogotá también merece ser apreciada como entidad artística, como ambiente estético para vivir.

La fotografía urbana es una pausa en la constante mutación de una ciudad. En Bogotá, los fotógrafos Saul Orduz, Paul Beer, Gabriel Carbajal, Antonio Nariño, han capturado ese proceso en distintas épocas y desde distintos ángulos. Metta Anderson es el eslabón actual de esa cadena fotográfica.

– Bogotá es Bogotá desde 1538  y lo seguirá siendo siempre. Pero es por razones estéticas que uno puede querer conservarla así en el futuro.  – Metta tiene sesenta y ocho años, el pelo lacio, corto y canoso, la piel blanca con un rubor natural en los cachetes, lentes de plástico de color acero y las uñas largas sin pintar.  La mayoría de las veces viste con un impermeable azulino sobre una chompa rosa, un pantalón beige y unas zapatillas Puma negras.

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Hotel Italia, 1997, Metta Anderson (Todos los derechos reservados)
Hotel Italia, 1997, Metta Anderson (Todos los derechos reservados)

Metta Anderson nació en la clase alta de Houston, Texas, en junio de 1945. Su padre quiso ser piloto pero terminó trabajando en el hotel de su padre. La amargura la desfogó con su familia. A los seis años de matrimonio, el padre abandonó a la familia. Metta creció con su madre, que era republicana, conservadora y defensora de la pena capital. Cuando Metta empezó a dibujar y tomar fotos más tiempo del que su madre consideraba oportuno, la envió al psiquiatra. El sillón en el que cayó era de un coleccionador de arte que dijo que lo que hacía era normal, que no había de qué preocuparse y que para personas como ella no había más opciones en la vida: el arte o la psiquiatría.

Pero el ideal que se impuso fue otro. Metta nació en el inicio de la edad dorada de los Estados Unidos: el fin de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de una sociedad de consumidores. Los años cincuenta fueron la época del automóvil. La regla del mercado empezaba a ser la del diseño y la innovación. La publicidad dejó de convencer y empezó a seducir. El futuro de bienestar se percibía en los detalles más cotidianos, como un abre latas eléctrico.

– Crecí en un país que me prometía maravillosas cosas de la vida. Uno prendía la televisión y ahí estaban todas las promesas. Pero vengo de una generación de mujeres de la que nadie esperaba más que nos educáramos, nos casáramos, tuviéramos hijos y que nos muriéramos. – Alza la voz en su departamento. Su rostro se pone rojo ira. Friday, su perra, se sobresalta y se pone de pie al lado suyo en el sillón. Simone de Beauvoir, la madre del feminismo, escribió en esa época: “[en Estados Unidos] se tiene la inspirada sensación de que cualquier cosa es posible”.

La mujer americana quedó retrata en la obra del periodista e historiador Max Lerner Los Estados Unidos como Civilización. Los comportamientos que se esperaban de las personas eran tan claras que pudo escribir un capítulo titulado Ciclo Vital del Norteamericano: una generalización del norteamericano atrapado entre las expectativas del país y los deseos personales. “Rara vez  se había dado en la historia de las civilizaciones el caso de mujeres tan libres, expresivas y poderosas como las norteamericanas”, escribe, “y, sin embargo, rara vez había sido tan pesada la responsabilidad de ser mujer y de realizarse como tal.” La mujer americana -aquella portadora de la clase, el lujo y el desarrollo que los publicistas llamaron “aire americano”-  se preparaba para la vida preparándose para el matrimonio.

Muchas de ellas optaron por buscar el marido extranjero y exótico en el Cuerpo de Paz que instauró el gobierno de Keneddy para llevar la paz al mundo con servicios sociales. Metta ya había recibido demasiadas indicaciones de su familia como para poner en manos del gobierno su próximo destino.

– La idea de ir a educar otros países o tener extranjeros en el país para enseñarles el conocimiento americano nos hacía pensar que estábamos educando al mundo con amor. – Don’t do that, le dice a su perra, Friday, que se lame la entrepierna a su lado.

El antropólogo colombiano Carlos Granés explica el mismo periodo, la década de 1950, en Estados Unidos como un encuentro entre el optimismo laboral por la potente industria y el desencanto que producía la pérdida de autenticidad y el sometimiento a vidas seguras y aburridas. Mientras la revolución beat pregonaba la felicidad en todo lo que quedaba fuera de la vida reglamentada y burocrática del país, Metta todavía creía pertenecer a la parte optimista de la sociedad.

Su mundo era la Michigan State University. Su grupo de amigos estaba formado por siete latinoamericanos. A diferencia de los mexicanos, ellos no querían ser gringos, sino aprovechar la oportunidad y regresar a sus países. Eso le gustaba de ellos. Eso y la altura, la piel y la voz que, cada vez que los recuerda, le hacen soltar un “¡oh!” y morderse los labios. También las fiestas que duraban toda la noche en las que no se escuchaba a los Beach Boys, sino al Trío los Panchos, a Javier Solís, Roberto Carlos y mucha cumbia.

Muchas se enamoraron y soñaban con ir a vivir a la Patagonia o en una choza en Machu Picchu aunque no supieran dónde quedaban esos lugares.

Alberto Fuguet y Edmundo Paz-Sodán, en el ensayo El monstruo come (y baila) salsa, escribieron: “En tono de comedia o drama, de aventuras o de thrillers, el gringo perdido/atrapado/seducido en las profundidades de América Latina –un lugar maravilloso, exótico, excéntrico, exuberante y, sobre todo, peligroso-, nos ha entregado muchos estereotipos y quizá una sola verdad: que aun entre equivocaciones culturales y fáciles condescendencias, vale la pena hacer el viaje.”

Metta hizo el viaje.

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Metta termina de ordenar su puesto (Foto: Raúl Lescano Méndez)
Metta termina de ordenar su puesto (Foto: Raúl Lescano Méndez)

En la sala de su departamento en el barrio de La Candelaria la radio siempre está encendida en la estación Javeriana Estéreo. Es domingo, ocho de la mañana. Dos periodistas analizan las noticias de la semana. En la pared hay un cuadro que ha pintado de la calle donde vive y otro de un paisaje verde, montañas moradas y dos soles. Ambos pintados como si fueran vitrales. En las distintas mesas de la sala hay papeles sueltos con anotaciones hechas a lapicero negro y rojo. Hay un block Canson y un catálogo de óleos Maimeri Puro. Hay un florero con detalles naranjas y tres flores artificiales. Hay también un grupo de sus fotografías separadas, una antología de Walt Whitman, su agenda abierta en la primera semana de abril llena de recordatorios y una Kodak 7981 digital sobre un papel en el que ha pegado con cinta adhesiva una memoria digital y cuatro pilas. En la silla cuelga su casaca impermeable azul acero.

Para las ocho horas en el mercado de San Alejo, Metta se ha preparado cinco panes con mermelada y mantequilla y una botella de litro y medio de té. A pesar de que les deja la radio encendida, las perras ladran desesperadas desde el tercer piso cuando Metta se va.

Metta se ha cortado el pelo. Ciertos mechones indican que ella misma lo ha hecho. Se le ve alegre con el pelo más corto. Pero está preocupada porque no ha podido estar el domingo y el lunes de Semana Santa en el mercado. El recibo de la luz fue más alto de lo que esperaba y tuvo que priorizar eso.

Cuando tiene algo de dinero los domingos hace un alto en el camino al mercado para comprar un muffin en Dunkin Donut’s. Esta semana el dinero se lo ha enviado una amiga, me dice, y el libro de Whitman está reemplazando la suscripción a El Espectador que no ha podido renovar. Cada tanto se detiene para alzar su maleta que se atraca en los huecos de las veredas.

Hace un año tampoco le alcanzó para cubrir el internet y desde entonces no ha vuelto escribir en su blog. En su última entrada, el 23 de noviembre del 2012, escribió en inglés: “Sólo vivo el día a día. Mi vida es un lío y si me fijo en eso o lo describo aquí, me deprimo. Así que gracias por leer y espero sus comentarios”.

Escribió a su hermano contándole su situación pero nunca recibió una respuesta. En la embajada, cuando consultó si podía tener acceso a algún servicio de bienestar, la encargada, detrás de una luna antibalas, le dijo que no calificaba para ello y que eso le pasaba por haber llevado una vida de fantasía hippie y no haberse quedado en su país.

Fuck you! – grita- No pienso volver a un país que permite que esa clase de personas los represente. ¡Esta hippie se ponía zapatos Salvatore Ferragamo antes de que estuvieran de moda! Decirnos que nos tuvieron que educar para trabajar ciertas horas y ciertos años para recibir estos servicios, es algo que nunca fue parte de nuestra educación. ¿Trabajar? Cuando tuviéramos cuarenta años porque los hijos ya no están y no tendríamos nada que hacer. Decirme a mi edad que por qué no me volví abogada y castigarme por las decisiones que tomé en mi época es una estupidez. Muchos de mis amigos y familiares han podido trabajar en las áreas en las que tenían talento y les gustaba su trabajo. Yo nací artista y nunca recibí el apoyo de mi familia. ¿Ahora tengo que ser castigada por eso?

Una de las ideas que más le aterra de su país es aquella que dice que todo tiene solución, incluso el futuro. Mientras buena parte de sus amigas solucionaron la vida aferrándose al seguro social de un marido, Metta se pregunta si acaso un matrimonio y un seguro social garantizan años de felicidad.

– Yo sigo con esto porque mi experiencia es que si no lo hago el resultado es depresión, suicidio y destrucción de mi obra – coge la botella de Pepsi que ha llenado con té, toma un sorbo, sonríe con ironía.

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Ciudad siempre, 1993, Metta Anderson (Todos los derechos reservados)
Ciudad siempre, 1993, Metta Anderson (Todos los derechos reservados)

Cada curioso que se ha acercado a su puesto durante el día ha creado un ambiente de tensión, suspenso y expectativa. Metta se pone de pie, cruza los brazos detrás de la espalda y dice que cualquier pregunta que tenga acerca de la fotógrafa se la pueden hacer. Cada pregunta abre un mar de información. Metta no se resiste y la pregunta puede retener al cliente hasta veinte minutos oyéndola hablar del Impresionismo, de Estados Unidos, de la técnica de revelado. Hoy solo la conversación con un irlandés ha terminado en una venta. Le irrita que a las personas les parezca caro el precio. Veinticuatro mil pesos de los cuales la ganancia son tres mil  no le alcanzan para cubrir su puesto del día en el mercado, menos para asegurarse un lugar el próximo domingo o un muffin de chocolate.

– ¿Esto es algo así como lugares? – le pregunta una mujer de unos veinticinco años mientras mira las fotografías. Metta frunce el ceño.

Para Metta uno de los mayores problemas es la poca tradición fotográfica del país. En Colombia la fotografía ingresó a las salas de arte de manera definitiva en 1974, cuando dos obras del fotógrafo Hernán Díaz fueron incluidas en el XXIV Salón de Artistas Nacionales. En la Exposición del Centenario de la Independencia en el año 1910 algunas fotografías habían sido expuestas en el salón dedicado a la industria junto a lozas, jabones y artesanías. Durante los años sesenta las cámaras y materiales fotográficos sufrieron el aumento de impuestos de importación y aduana.

El problema de oferta y demanda con el que lucha Metta en su puesto del mercado se refleja también en las definiciones del Ministerio de Cultura de Colombia. Ahí el arte es construcción de subjetividades, expresión, creación. Pero nunca un recurso económico. Vender una subjetividad, una expresión, una creación, una fotografía artística, en un mercado que atrae a los vendedores por su oferta de segunda mano al mínimo precio es como ofrecer comida gourmet en un mercado de corrientazos.

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Metta explica la importancia del Impresionismo a un cliente (Foto: Raúl Lescano Méndez)
Metta explica la importancia del Impresionismo a un cliente (Foto: Raúl Lescano Méndez)

Antes de instalarse a vivir en Bogotá definitivamente, Metta viajó a la ciudad colombiana unas cuatro veces para “experimentar la vida”. En el 65 llegó a Colombia en un viaje de amigas que pasó por Panamá, Ecuador y Perú. Experimentar la vida fue disfrutar los hoteles, hacer turismo y conocer latinos. Pero ese viaje fue para Metta sobre todo un viaje de imágenes, colores y formas que no podía llegar a concretar. Probablemente ahí empezaba a latir una insatisfacción. En Lima compró un long play de Enrique Guzmán y unos pasteles para pintar en su habitación del Hotel Bolívar. Pero solo logró hacer algunos trazos antes de que fuera la hora de su cita para ir a comer y bailar con un peruano.

En los setenta, Metta había llegado por segunda vez a Colombia. Su madre llamó a la embajada de Colombia para asegurarse de que no estuviera secuestrada. Metta se encontraba en Popayán pagando alguna factura de un colombiano del que se había enamorado. Una historia de amor que terminó en depresión. Una depresión que terminó con un regreso.

Ese romance le permitió experimentar la sensación de no tener que volver a su país. La herencia que había recibido de su abuela le había alcanzado para establecerse en Bogotá. Había comprado dos penthouse con terraza en el Park Way. Había logrado abrir una pequeña galería en el barrio La Candelaria que no entendía bien cómo administrar. Y trabajaba como crítica de arte para The Colombian Post. Ese trabajo le había permitido reinterpretar las fotografías de diarios como Detroit Free Press, The Lansing State Journal, The New York Times y revistas como Life, Look, Saturday Evining Post y Town and Country, que nunca faltaron en su casa cuando era pequeña. De tanto que ojeaba esas páginas Metta hoy las considera su álbum familiar. Si aquellas fotos podían ser su álbum familiar, la fotografía podía no ser una enfermedad, sino, por el contrario, una cura, una forma de vida.

La depresión que le causó el romance que la trajo a Colombia destruyó parte de la obra que empezaba a realizar. Colombia, dice, estaba suficientemente lejos de los Estados Unidos como para que sus padres no fueran a buscarla. Pero su madre reapareció para aprovechar la oportunidad. Sus amigos le dijeron que no lo haga, que lo pensara con más calma, pero su madre hizo todo lo posible para convencerla y lo logró. En 1977, Metta lo vendió todo y regresó a los Estados Unidos.

– Cuando uno regresa a los Estados Unidos es borrón y cuenta nueva, el pasado desaparece – dice. Metta necesitaba olvidar, efectivamente, pero no su confianza con la fotografía, que era lo que su familia pretendía desaparecer nuevamente. Pero su romance latino y su descubrimiento como artista habían brotado juntos. ¿Cómo separar aquello que ha brotado unido?

Metta había perdido toda capacidad para entablar conversaciones en su familia y, con ello, la capacidad para hablar en general.

El pintor estadounidense Frederic Edwin Church había hecho también el viaje del “gringo perdido/atrapado/seducido en las profundidades de América Latina” en el siglo XIX. En el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, su pintura The Heart of the Andes terminó con las dudas de Metta. La obra mide un metro setenta de altura y tres metros de ancho. Church decidió que debía ser expuesta con un marco de ventana y cortinas incluidas para ver el paisaje como él lo había hecho. Cuando se encontró frente a esa pintura, Metta recordó el primer viaje a Latinoamérica. Recordó que quería volver a Cusco, viajar por los Andes chilenos en ese tren que había visto en una publicidad de vinos, que esperaba reunir el dinero o conseguir una beca para tomar fotos de toda la región andina, ponerlas en exposición, publicar un libro, vender las copias firmadas por ella.

En Estados Unidos, dice, solo le quedaba la depresión. En Colombia, el riesgo de empezar de cero. El 31 de diciembre de 1998 Metta regresó a Bogotá para nunca más volver. A las doce de la noche se paró frente a la ventana de su cuarto de hotel en un quinto piso y vio los fuegos artificiales iluminar la ciudad.

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