Oscar Pantoja, Miguel Bustos, Felipe Camargo, Tatiana Córdova y Julián NaranjoGABO: memorias de una vida mágicaRey Naranjo editores, Colombia, 2013
Oscar Pantoja, Miguel Bustos, Felipe Camargo, Tatiana Córdova y Julián Naranjo
GABO: memorias de una vida mágica
Rey Naranjo editores, Colombia, 2013

Cuando Cien años de soledad se publicó, Macondo se convirtió en un mito. Un pueblo con alma pero sin territorio. Muchos mapas se extendieron y muchos dedos se quedaron sin un lugar qué señalar. Si durante el siglo XX la pregunta había sido en qué lugar de los Estados Unidos estaba Yoknapatawpha County, la mítica ciudad de William Faulkner, la pregunta de fin de siglo fue en qué lugar del caribe colombiano se encontraba ese territorio mágico de García Márquez.

Dirigida a los niños y recibida como novela gráfica para adultos, Gabo: memorias de una vida mágica, es también una de esas obras que reivindica al lector que le exige realidad a la ficción. La narración gira en torno al proceso de creación. No a la vida de García Márquez, no a la novela, sino a la creación. Esa intersección en la que siglos atrás se adjudicaba a los dioses y ahora, en estas viñetas, se llama desesperación, insistencia, trabajo, disciplina. Cuatro conceptos claves para sufrir y sobrevivir al cruce de los deberes de la realidad y los mandatos de la ficción.

García Márquez se dirige a Acapulco a pasar las vacaciones con su familia. En el camino de ida tiene que parar, bajarse del auto, pensar. Ahí está la frase para la historia, ese flashback de la escena del fusilamiento al descubrimiento del hielo. Gracias al cómic en momentos como este aparecen mariposas. Esos animales que al esperar largo tiempo para volar tan solo un instante han engendrado interminables metáforas, acá son el símbolo de los hitos creativos, el encuentro de dos mundos.

Después recién nacerá Gabriel García. La narrativa no se guía por el tiempo. Los autores nos recuerdan lo que enseñó Picasso: además del tiempo están los colores y las formas. Cada uno de los cuatro ilustradores se apropia de una de las partes. Entonces la infancia, el abuelo y la historia de Aracataca son detallistas y amarillos. La educación, el amor y la miseria; realista y azul. La familia, los amigos y la historia; minimalista y roja. El Nobel y el contexto actual; apurado, desatendido, verde.

Es lamentable que en la última parte del libro aparezca una desilusión editorial color verde chillón. Tan solo diecisiete páginas –las otras secciones alcanzan las cincuenta- que desde el formato de la fecha y lugar de la historia rompe con toda la coherencia narrativa con la que se ha familiarizado el lector. Al no tener con qué más hacer uso del resto de tinta verde, extienden el color a un epílogo que reitera tres veces la “magia” de la frase histórica de Cien años de soledad. Lo que parecía una elección impecable de ilustradores compartiendo una estética limpia y delineada, termina con dibujos garabateados que si tienen un logro es resaltar la deformidad de la vejez de García Márquez.

Cien Años de Soledad, para Alberto Fuguet y Sergio Gómez, había ocasionado el daño colateral de crear un imaginario folclórico de la región. En 1996 publicaron la antología de cuentos McOndo, una reivindicación de la Latinoamérica urbana y occidentalizada. García Márquez y la invención de Macondo, ahora en viñetas, podría subsanar ese daño.

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