– Una estudiante de arquitectura de 25 años reflexiona sobre el espacio de su generación en la ciudad.
– Acaba de publicar el libro Tribus Urbanas: jóvenes y adolescentes en busca de un espacio en la ciudad 1990 – 2010.

Arquitectura de bolsillo. Portada del libro
Arquitectura de bolsillo. Portada del libro

Por Raúl Lescano.  La investigación de arquitectura Tribus Urbanas en Lima de Sarah Yrivarren es también una mirada a las comunidades de jóvenes en la ciudad, las “komunas”, con K. Un libro, en realidad, de sociología con aportes de la arquitectura y el urbanismo que ve a los jóvenes como los que viven más intensamente la ciudad, pero que, sin embargo, no cuentan con lugares pensados para ellos. Jóvenes que no forman parte de la idea del espacio púbico en la ciudad.

“Fue una iniciativa personal porque yo en ese tiempo vivía en todo ese conflicto” – cuenta Sarah en uno de los “espacios de encuentro” de Galerías Brasil. El sonido de los parlantes de las tiendas de música del segundo piso hace que en el primero Sarah tenga que alzar la voz. Toda su ropa es negra  salvo la falda morada oscura. Del cuello le cuelga una cruz de unos diez centímetros con pequeños diamantes en cada una de las puntas y en las orejas lleva otros diamantes decorados con pequeñas patas de araña.

En el 2008 los llamados emos se encontraban en todo su apogeo. La forma de ser de ellos que Sarah cataloga de eclecticismo y usa casi 300 palabras para describir su vestimenta, se hizo incluso de titulares en la prensa.  Hicieron del Parque Washington su punto de encuentro pero ese era el lugar de los góticos desde antes y ahí vino el conflicto. Es como si un familiar lejano se apropiara de tu habitación. Lo que se convirtió en celos entre distintas comunidades, Sarah lo llevó a investigación. Y lo primero que entendió es que ese no era el único conflicto.

En el libro se hace referencia a doce komunas: punks, metaleros, góticos, emos, skaters, bikers, rollers, surfers, otakus, lolitas, visual kei y gamers. Categorías, aclara, que realizó solo por un método académico.  “Somos personas, somos libres y nuestros gustos no tienen por qué ser encasillados”, señala.

Así mismo se enfoca en lugares como las Galerías Brasil, el Centro Comercial Arenales, Jirón Quilca, Larcomar, el Skatepark de Miraflores y el parque Washington.

De los doce a los dieciséis años, Sarah era otaku – amante de la animación japonesa que se viste como su personaje favorito- e iba al Centro Comercial Arenales, un punto fijo en su mapa personal, un lugar al que iba sola, un espacio en el que se sentía identificada. Tras conocer los foros de otros grupos en internet comenzó a acudir al Jirón Quilca, “la meca de todo limeño tribalizado de la rama musical”, escribe en el libro.

La investigación de Sarah se vende al lado de fanzines, discos de música y debajo de un afiche del festival de rock Demolición Fest. Hasta un día antes de encontrarnos habían vendido dos ejemplares y otros dos más en el festival Lima Vive Rock. Para su publicación se tuvo que crear una nueva categoría en el catálogo de la facultad de de arquitectura y urbanismo de la PUCP. Al no caber en otra serie, es el primer libro de la serie Arquitectura de Bolsillo.

Sarah no sabe exactamente de donde le vino el interés por la arquitectura pero algo tiene que ver con los distintos lugares en los que ha vivido producto de las seis mudanzas que ha hecho. Es una migrante de la ciudad, dice

¿Son los lugares los que crean la identidad o la identidad la que encuentra lugares? ¿El huevo o la gallina? “Debería ser un aprendizaje mutuo. Una persona diseña un espacio para que ciertas personas se sientan cómodas habitando ahí y las personas con su mismo carácter lo personalizan. Ese vínculo debería suceder. Pero en nuestro caso la mayoría son lugares residuales, un poco que han sido ganados, la cosa se vuelve más unilateral. Un espacio de nadie, en blanco, que lo personalizas tanto que ya no te aporta nada a ti. Estamos en un déficit de calidad de vida”, dice Sarah señalando los tres pisos de las galerías que solo cuentan con dos entradas.

Galerías Brasil, por ejemplo, fue construido en 1989. Fue pensado para comercio de utensilios caseros pero esa función la cumplió menos de un año. Fue abandonada pero lejos de fracasar, fueron las “tribus urbanas musicales” las que se apoderaron del lugar. Ellos, acompañados de otros comerciantes del centro de Lima desalojados de sus puestos, hicieron del espacio un punto underground clave para los estudiantes de la zona. Hoy en día en el primer piso cuenta en sus entradas con gran cantidad de centros de fotocopias, alquiler de videojuegos y venta de ropa temática. El segundo piso, donde venden su libro, es tomado por la cultura underground: discos de música, videos, casacas de cuero. Y en el tercero sobrevive apenas una sala de ensayo.

“Hay que crear lugares con calidad espacial de tal forma que la gente al usarlo valla dejando su sello personal y así el espacio se enriquece con la gente y la gente con el espacio. Los espacios no te aportan nada cuando eso no se da, cuando los lugares son hechos para una cosa y luego usados para otra, o lugares que por su estado de descuido son abandonados y luego apropiados por otros”, agrega poniendo al skatepark de Miraflores como uno de los pocos lugares diseñados específicamente para los jóvenes, uno de los pocos lugares que aporta al perfeccionamiento de sus capacidades. A partir de la construcción de estos se han formado también academias deportivas para los jóvenes.

Su cuarto pasó de los posters de Dragon Ball a las paredes negras y rojas de hoy en día. Pasó de la revista de animes Sugoi a los discos de Iron Maiden y Metallica. Los espacios públicos deberían ser como la habitación de uno, dice.

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