Pedro Cárdenas con su juguete favorito. (Foto: Facebook)

Pedro Cárdenas es fotógrafo de pasarelas. Es lo que le gusta. Antes de retratar mujeres, vestidos y glamour, tuvo que clavar imágenes de victoria y dolor en la memoria nacional. La historia de un hombre que creció cuando aprendió a disparar flashes. 

PERFIL. La fotografía de prensa no es una cosa de niños pero Pedro Cárdenas da la impresión de ser un niño de casa. No es gordo, aunque sí bien alimentado, como le gusta a mamá. Hoy, que ya pisa los cuarenta, con su peinado raya al costado, los dientes del peine bien delineados en su pelo corto,  el polo dentro del pantalón, sus zapatillas todo terreno y su mochila sobre el hombro, parece un colegial que va de excursión.

Su estudio fotográfico queda en la casa de su mamá. No hay nada de artístico en el lugar salvo una imagen que aparece bruscamente detrás la puerta: un afiche de cerca de metro y medio de alto de la exposición del World Press Photo que se hizo en Lima en 1998. En el centro hay una mujer argelina gritando al cielo mientras es consolada por otra después de perder a sus ocho hijos en un ataque terrorista. El resto de las paredes son blancas y no hay nada en ellas.

El estudio de fotografía de Pedro pudo haber sido el Estudio de Abogados Cárdenas. En décimo ciclo de la carrera de derecho, descubrió que la profesora de fotografía de su novia tenía razón. Ella lo mandó a llamar cuando comprobó que había una mirada distinta en el trabajo de una de sus alumnas. Era la mirada de Pedro. Le dijo que tenía que dejar eso del derecho, que lo suyo estaba en las imágenes del parque Ruiz de Pueblo Libre que había conseguido. De ahí en adelante todo fue un camino trazado. Una tarde se acercó a un estudio atraído por los flashes que reventaban en el lugar. Era una sesión del fotógrafo Gustavo Montoya, uno de los fotógrafos comerciales más reconocidos del medio. Esa tarde comenzó a trabajar como su asistente.

El niño que dibujaba, armaba origamis y escuchaba música clásica, no sería el abogado que sus padres querían. Sería fotógrafo. Para ellos algo no muy distinto que ser un vago. Su primera cámara fue una Canon E1 que le regaló su mamá, a pesar de todo. Abogado o fotógrafo, él era el engreído de ocho hermanos. En los cinco años que Pedro trabajó para el diario El Comercio aprendió a no respetar las normas y odiar las letras. Lo que en la fotografía de prensa se llama “madurar”.

Como todo reportero gráfico que se respeta, Pedro ignora las reglas y se enorgullece de ello. En la cara del ex presidente chileno Ricardo Lagos está estampada la incógnita de cómo aparece donde no debería estar. Era marzo de 2006. Le encargaron seguir al presidente Alejandro Toledo a la juramentación de Michelle Bachelet.  Su lugar era el segundo piso de la sede del Parlamento chileno en Valparaíso. Ahí estaban todos los fotógrafos de la prensa nacional e internacional luchando por el mejor ángulo. Pedro aprovechó el desorden que se armó cuando el mandatario boliviano, Evo Morales, y la secretaria del estado americano, Condoleezza Rice, entraron conversando. Agachado al lado de ellos, caminando como pato, se coló al primer piso. Dentro de la sala no se permite ningún altercado. Cuando los hombres de seguridad lo vieron allí, nada podían hacer. Estaba vestido con un pantalón caqui, una camisa blanca, zapatillas y una mochila azul. Todo el resto de la sala estaba uniformada con ternos sobrios y grises y recatados sastres para dama.  En el retrato que capturó de Lagos ingresando a la sala, el mandatario saliente parece olvidarse por un segundo que está dejando el poder y preguntarse ¿y esti hueón? Mientras Bachelet recibía la banda que la presentaba al mundo como la primera mujer en asumir la Presidencia de Chile, se podía distinguir en la parte baja de la pantalla, entre todos los ternos oscuros, un punto claro que se deslizaba de un lado a otro. Ese era Pedro.

Ricardo Lagos llama la atención con la mirada a Pedro antes de dejar la presidencia de Chile. (Foto: http://pedro-cardenas.com/)

De alguna manera esa demostración de desfachatez fue su homenaje tácito al país que le enseñó su oficio. En 1990 llegó a Chile para estudiar en la escuela Fotoforum. Una vez ahí lo primero que hizo fue llamar a mamá para decirle que se regresaba a Lima. Pedro se había dado cuenta que no sabía hacer nada. Mamá  le dijo que no. No es difícil imaginarse el puchero que se dibujó en su rostro. Pero Pedro iba a ser fotógrafo así se tirara al piso y pataleara. Un policía lo condujo hasta la puerta de la escuela. Esa misma noche  consiguió un trabajo con sueldo mínimo en una fábrica de hilos, y la familia del chofer de su jefe lo adoptó hasta que consiguiera dónde hospedarse. Ahí aprendió a planchar, lavar, cocinar. Pedro empezaba a madurar a los 23 años.

Con el tiempo entendió que todo eso estaba planeado por lo que él llama “destino”. No congenia mucho con los redactores. Le desespera que intenten retratar con palabras una realidad que él puede capturar con su cámara. Cuando la modelo danesa Helena Christensen llegó al Perú en el 2009, la redactora que lo acompañó escribió sobre las bellas piernas de Helena. Acababa de leer sobre ese mismo detalle en otra revista. En las fotos que Pedro entregó al periódico la modelo estaba en blue jeans. En pleno cierre de edición le exigieron que vaya a buscarla y regresara con una foto de esas piernas danesas. Cuando tocó el timbre en la dirección que le dieron abrió la puerta Mario Testino y le explicó por qué venía a interrumpir esa cena glamorosa. Ella tenía que estar con las piernas descubiertas, era lo único que necesitaba. A la mañana siguiente, mientras maldecía a su compañera, las piernas de Helena colgaban de los quioscos.

Resolver el día a día con una cámara en mano le enseñó a Pedro que el significado de las imágenes no está únicamente en la portada del día siguiente. Una imagen muchas veces se adelanta en el tiempo, se apropia de un recuerdo futuro, trasciende el diario y se hace popular. No siempre una fotografía se vuelve popular por obra y gracia de quien la captura. Las más de las veces adquiere notoriedad y trascendencia por lo que decida hacer quien aparece en ella.

Una tarde lejana de 1999, en el estadio de Matute, Sandro Baylón anotó el gol que le dio la victoria a Alianza Lima frente a Sporting Cristal. En una salida fallida de los visitantes, Baylón robó el balón a dos metros del área. Con tres celestes enfrente;  uno barriéndose con la pierna en alto para tumbarlo, mirando fijamente a ese salvaje que venía por él, puso un pase sombreado hacia el interior del área que Waldir Saénz le devolvió de pared con la cabeza. Baylón cruzó la defensa. La pelota dio un bote en medio de todos. Cayéndose le metió un zapatazo a ras del suelo. Cuando vio la pelota dentro, se puso de pie y corrió a la esquina de la tribuna de Occidente con Sur. Pedro se había metido en la zanja de estadio que separa la cancha de las tribunas. Quería que sus fotos salieran desde el césped, como en Europa. ¿Y éste huevón?, preguntó un policía. Pedro lo sobornó con las golosinas que siempre lleva en la mochila. La primera vez que Pedro pisó una cancha (sin ser el torpe que lo ponen a tapar en los recreos del colegio), Martín Alvarado, reportero gráfico del diario Ídolo, le dijo: ‘ven blanquiñoso de mierda’ y le trazó en un papel la lógica fotográfica de un estadio de futbol. En el córner están las mejores fotos. Lo tenía claro. Pedro disparó desde ahí. 1400, 2.8, Nikon. Autofocus. Error. El lente se fue. Baylón seguía acercándose. Disparó dos veces más. Tres fotos al final: una desenfocada, otra borrosa por la cercanía y una cuajada. En la foto Baylón parece una vela encendida. Parece quieto, que estuviera bendiciendo una comida con las manos unidas sobre su pecho. En el fondo el público aliancista se convierte en una paleta de acuarelas que lo enmarcan. Esa tarde era la despedida del delantero Claudio Pizarro que haría historia en el futbol alemán, pero fue la foto de Baylón la que apareció en portada al día siguiente.

Sandro Baylón agradece el gol a Dios. Pedro lo retrata y gracias a esa imagen, meses después, Sandro se rezaría a sí mismo. (Foto: http://pedro-cardenas.com)

Una tarde Pedro vio el carro de Baylón fuera de su departamento en Miraflores. ¿Qué haces acá?, este lugar es para blancos, le bromeó. Dos departamentos eran del club. Ahora eran vecinos. Conversaban. Pedro sabía cuándo, con quién, e incluso con cuántas salía ‘el negro’, como le decía. Cuando se cruzaban, el defensa central de Alianza Lima siempre le pedía que le regalara las fotos que le tomaba. Así fue también la última tarde de 1999.

En la primera madrugada del año 2000, serían las cuatro de la mañana, el portero del edificio golpeó su puerta una y otra vez.

-Levántate.
-¿Qué pasa? – En su celular había una infinita cantidad de llamadas perdidas.
-He escuchado por la radio. Tu amigo, huevón, tu amigo…

-¿Dónde mierda estás? –le dijo su editor cuando Pedro por fin le devolvió la llamada. -Coge tu carro ahora y anda a la Costa Verde.

Baylón, con el porte espigado y macizo que lo hacía el símbolo de Alianza Lima, ahora estaba aplastado dentro de su coche. “Negro concha tu madre”, pensó Pedro. Mientras la gente se preguntaba si Baylón habría llegado o no al siglo XXI, él le sacó las últimas fotos. Lloraba mientras lo hacía. Ya no como un niño asustado, sino como un fotógrafo herido por el cruce de lo personal y lo profesional. Sandro Baylón había muerto, pero desde los posters colgados en el lugar ese día por los hinchas, con su imagen de aquella tarde del gol, se daba el lujo de rezarse a sí mismo con las manos unidas sobre su pecho.

Pedro se hizo aliancista y trabajó para la revista El Gráfico y el diario deportivo Líbero, donde, tras conocer todos los estadios de Sudamérica, terminó siendo editor gráfico. Pedro no se considera fotoperiodista, es un fotógrafo que trabaja para la prensa. Tuvo que marcar la diferencia cuando le recriminaron cómo se le había ocurrido retratar a la vedette Leysi Suarez calata sobre el honorable pabellón nacional puesto como montura sobre un caballo. (Era una yegua en realidad, pero se hizo famosa como caballo, la pobre).  Yo soy fotógrafo y me pidieron que tome la foto y la tomé, se defendió en varias entrevistas. Ignoró las críticas y posó él mismo para la revista Caretas. La leyenda decía: “Pedro Cárdenas reconstruyendo los hechos. Se negó repetidas veces a posar desnudo”.

Si una imagen puede resultar con el tiempo un homenaje o un insulto, hay ocasiones en que es una venganza contundente. La tarde del 22 abril de 1997 él ya no formaba parte de la comitiva de El Comercio establecida al lado de la casa del embajador japonés tomada por el grupo terrorista MRTA. Pedro había sido castigado por sus jefes. El día de Año Nuevo en que el líder del movimiento, Cerpa Cartolini, permitió el ingreso de los periodistas a la residencia, nadie le avisó. Desde el techo en el que había estado las dos primeras semanas vio cómo todos eran recibidos y cómo otro corresponsal del mismo diario decidió seguirse de largo la puerta y no entrar. A él le exigieron explicaciones. Por qué El Comercio no había estado ahí. Al día siguiente lo mandaron a cubrir comisiones diarias en la ciudad. Tres meses después estaba en San Juan de Lurigancho cuando escuchó en la radio las primeras informaciones sobre la operación militar de liberación de rehenes. Pedro tenía cerca de 20 rollos fotográficos para vengarse. Cuando llegó, la liberación todavía era una pequeña guerra urbana. Los periodistas huían de la escena y los militares apuntaban a todo lo que se movía. Se subió a la camioneta del diario que encontró ahí. Dentro estaba el jefe de comunicaciones y su asistente. Delante de ellos, el bus que trasladaba a los rehenes. Cerca de quince cuadras más allá, en la esquina de la Av. Pershing y Gregorio Escobedo, el bus se detuvo. Pedro corrió. La imagen que capturó del medio cuerpo de Fujimori en la puerta del bus, agitando la bandera del Perú con una mano, es una de las primeras escenas de victoria y tranquilidad después de ciento veinte días de angustia nacional.

Fujimori celebra el rescate de los rehenes. Pedro sería el único que retrató a cada uno de ellos. (Foto: http://pedro-cardenas.com)

Antes que se cerrara la puerta Pedro se trepó al primer escalón del bus. ¿Quién es él?, gritó el presidente Fujimori. En el primer asiento al lado de las escaleras, Rodolfo Muñante, ministro de Agricultura entonces, le estiró la mano. Es Pedro, de El Comercio, respondió. Cogió la mano del ministro con fuerza y se impulsó hasta adentro. Pedro había viajado por todo el país con el presidente. En Ayacucho, incluso, un guardia le exigió que se quitara el poncho y se lo diera al presidente porque llovía y tenía frio. ¿Cárdenas?, preguntó Fujimori. Sí, presidente. Ya, cierren la puerta. Afuera los periodistas le mentaban la madre. Adentro Pedro conseguía su venganza.

– Ven que sí puedo – le dijo a sus  jefes  una vez en el diario mientras ponía en la mesa cada uno de los retratos de los rehenes mirando a la cámara y preguntándose ¿y éste huevón?

Al otro lado de la mesa Pedro sonreía satisfecho y bien peinadito.

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