La silla de plástico, el lugar de trabajo más común de los guardianes. (Foto: kralefski. Vía: Flickriver)
La silla de plástico, el lugar de trabajo más común de los guardianes. (Foto: kralefski. Vía: Flickriver)

Publicado originalmente en la Revista Ideele:

Oscar era portero. Oscar acaba de sobrevivir a una parálisis que se apoderó de la mitad de su cuerpo y su cerebro por unas semanas producto de un infarto leve con complicación cerebral. Nada muy particular: alto colesterol y azúcar. Pero la directiva que le dio ese puesto de trabajo a Oscar, por más colectas que le llevaron una vez enfermo, seguía considerando, dos años y seis meses después, que, así como su contrato de trabajo, su seguro médico no era un asunto de tanta importancia como el olor del Pinesol que debía usar para limpiar los pisos.

Cuando preguntó por el puesto de guardián en un edificio de Miraflores, le dijeron: “Si usted puede, mañana mismo”. Tenía meses sin trabajo. Aceptó. No firmó nada. Se llevó, sí, una copia del reglamento del edificio que le dieron antes de que se les olvidara. Lo demás ya se vería. Más apremiante era que viniera peinado y afeitado, para no causar una mala impresión. Sin embargo, recuerda, “te hacen hincapié en mostrar honestidad, respeto y que las faltas contra ello pueden ser motivo para que te despidan”.

En esto de la guardianía, el trato directo, rápido e informal caracteriza la relación entre empleador y empleado, y así se crea un puesto laboral en el que los deberes y los derechos, si bien están establecidos, se difuminan debido a la falta de control por parte del Estado y de organización de los propios trabajadores. El solo hecho de que al googlearlas palabras “guardián”, “portero” o “guachimán” aparezcan abundantes ofertas de trabajo y no informes, estudios, análisis o, por lo menos, noticias sobre ellos, muestra que esta labor es concebida como un mero servicio práctico y no como un trabajo que requiere control y derechos.

El que a Oscar, que llegó a especializarse en inteligencia militar en Panamá cuando perteneció a la FAP buscando ser lo que quería ser —piloto—, sus conocimientos le hayan servido con el tiempo para apuntar en un cuaderno azul marca Loro quiénes entran y salen de un edificio, revela que ser guardián, portero o guachimán es un asunto del azar.

La formalidad militar y el dejo piurano de la voz de Oscar son ahora, tras la enfermedad, una búsqueda lenta de palabras y un esfuerzo explícito por pronunciarlas como se debe. Vigilante, se esmera, es la palabra adecuada para su puesto. “Es finalmente de lo que se trata”, señala. Pero se equivocó.

Le dijeron que con el transcurrir de los días se iban a regularizar las cosas. Regularizar podría haber significado firmar un contrato, hacerse de un seguro, contar con la normal bonificación de mitad y fin de año, tener vacaciones, como manda la Ley General de Trabajo (LGT). Pero las cosas se regularizaron a la manera de ver de los propietarios: incluyendo en el servicio de guardianía limpiar los pisos y regar los jardines. “Una limpieza ligerita que si no limpia la gente ni se da cuenta, me dijeron.” Le terminaron reclamando que no había limpiado bien. Otros pidieron que encerara, otros que trapeara con un desinfectante determinado que despedía un mejor aroma; le reclamaron, también, que no tocara las plantas de los inquilinos, que no se durmiera en la madrugada.

Un guardián no entrega resultados de trabajo: sobre todo, cumple horarios. Control es igual a tiempo. Oscar trabajaba 12 horas diarias, 6 días a la semana, por cerca de 700 soles mensuales. Treinta soles más por los turnos nocturnos. Sin contrato ni seguro. Sin bonificaciones, ni a mitad ni a final de año. Contra las 8 horas señaladas en la LGT, él trabajaba fuera de la ley 4 horas al día, 24 a la semana, 96 al mes. En los dos años y medio que tuvo el puesto, trabajó 2 mil 880 horas o 120 días completos no remunerados. Un tercio de año, nada menos.

Así, él y su esposa, empleada en una casa particular, alquilan medio departamento para ellos y sus dos hijos por 500 soles. El edificio donde viven no tiene portero. Cada quien abre sus puertas. Su departamento es un espacio dividido por la mitad con una pared prefabricada donde les corresponde una cocina, dos cuartos y un baño. Un refrigerador, un equipo de sonido y un estante, que recuperaron antes de que cayeran en la basura, crean una sala frustrada que ocupa una cuarta parte del espacio para comer. Con los aproximadamente 7 mil soles más que hubiera recibido por las horas no remuneradas, Oscar, su esposa y sus dos hijos podrían vivir en un departamento donde la sala no se comiera a la cocina. No en vano Alejandrino, el personaje de la película El guachimán (2011), dirigida por Gastón Vizcarra, decide quedarse con los 80 mil dólares que se encuentra para poder ofrecerle a Laura, de quien está enamorado, más que su sueldo de guardián.

Para Ercilio Moura, del Centro de Derechos y Desarrollo (CEDAL), lo que hay son ausencias. La falta de un sindicato de guardianes impide a este sector vigilar sus propios puestos. La individualidad anula cualquier diálogo o negociación colectiva con las autoridades. Nadie los representa más allá de cada uno, y la respuesta de los órganos judiciales es tardía o nula.

Sin contar a el Juelix de Al fondo hay sitio, el vigilante más reconocido de la televisión hoy en día, la ausencia de este universo de trabajadores pasa desapercibida para la opinión pública y las organizaciones promotoras de derechos, admite Moura. A tal nivel que, señala, uno de los mayores errores es el prejuicio por parte de los defensores y de los abogados de estos casos que los reportan como violaciones menores o de poca monta o, más llanamente, de ninguna importancia.

Una práctica no muy distinta de la aceptación de cualquier transeúnte de que los guardianes o porteros postrados en las puertas de las viviendas son un elemento más del paisaje urbano. Del mismo modo como un vigilante, en el RUC, elige, más que una actividad, una verdad: NCP: No Comprendidos Previamente.

El prejuicio se traduce formalmente en el decreto supremo 009-2010-TR, que señala las obligaciones de las juntas de propietarios para proteger la seguridad y la salud de los trabajadores de guardianía: un espacio debidamente techado para sus labores, acceso a servicios sanitarios y un termo con bebida caliente. ¿Un refresco helado en verano sería una falta?

Como señala Moura, estos puntos están sometidos a una interpretación sumamente subjetiva. El lugar de trabajo de Oscar quedaba en el interior del edificio, bajo techo: una silla blanca de plástico con un cojín percudido del Hombre Araña para su mayor comodidad. Según el citado decreto, una adecuada condición de trabajo. El baño de un metro de ancho por tres de largo debajo de las escaleras, que sirve a la vez de depósito, también.

Según la norma, a primera vista no habría razón para el pedido de Oscar y su compañero para que les implementaran un mejor lugar para atenderse. “Ya, ya”, les decían. Ni para el pupitre que tras las medidas y la proforma les dijeron que era muy caro, así que no, tampoco. Pidieron, incluso, una especie de pequeña sala de recepción para que las visitas pudieran esperar, y tampoco quisieron. En invierno una señora les dio sábanas, pero a los dos días encontraron a su compañero privado. “No use la colcha”, dijeron.

Para Moura, hablar de mejores condiciones de trabajo para guardianes como Oscar es esperar el aumento del salario mínimo vital, el único derecho contemplado en su labor. De ahí “Guachimán”, la canción de La Sarita en la que el personaje denuncia: “Hay gente en la esquina que no valora el trabajo del guardián y me pagan lo que les parece. ¡Si hasta mis perros han tenido más suerte que yo!”, como versión moderna del monólogo de “Cholo soy”: “Qué quieres que haga, que me ponga alegre como día de fiesta mientras mis hermanos doblan las espaldas por cuatro centavos que el patrón les paga”.

Si bien los trabajadores carecen de la conciencia para organizarse y poder poner sobre la mesa sus condiciones de trabajo, una mejora de éstas no sería más que el respeto de sus derechos ya existentes. Hablar de los derechos laborales de los guardianes es hablar, al final, de la conciencia de sus empleadores.

***

La primera vez que Oscar ocupó el puesto de guardián fue en Breña. Allí trabajaba 8 horas cuidando. Ganaba alrededor de 650 soles mensuales más 100 soles para un eventual problema de salud. Bonificaciones a mitad y final de año. Ese puesto no lo dejó: se terminó. Los vecinos dejaron de pagar. La presidenta les avisó con anticipación a los tres que cubrían el día. Aceptaron el pago por el tiempo de trabajo que los vecinos estaban en condiciones de pagarles y agradecieron. Oscar sabe que el puesto de guardián sí puede ser valorado, y él, respetado. Sabe que su caso no es el peor, porque prefiere agradecer que su esposa tenga trabajo y él no tenga vicios.
Actualmente viven de los ingresos de su mujer. Se está recuperando para volver a trabajar, aunque no le queda claro si ese puesto aún lo espera.

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