La columna del monseñor José Antonio Eguren, arzobispo de Piura, publicada ayer (17 de agosto) en el diario El Comercio demuestra la ceguera, egoísmo y falta de voluntad de la Iglesia católica para ver más allá de sus vitrales.

Bajo el título “Madrid: La Iglesia está viva y es joven” de inmediato uno podría suponer (con mucho asombro y sin mucha credibilidad, claro) que la Iglesia habría decidido apoyar a “los indignados” del 15M. ¿Es posible? No, obvio. Todo lo contrario. Ha volteado la cara, ha cerrado los ojos y, es más, ha creado otra realidad.
Monseñor Eguren (amén) narra, con una paz interior que aterra e indigna, la alegría, y hermosura de la llegada de la Jornada Mundial de la Juventud 2011 (JMJ) a la capital española. Escribe: “Muchos madrileños me han dicho estos días: ‘Qué hermoso y confortador es ver tanta juventud sana, buena y creyente. Y es verdad: se los ve rezar, cantar y compartir su fe cristiana con alegría y sencillez’. No se ve consumo de alcohol o drogas, ni actitudes promiscuas y mucho menos desórdenes en la calles. Tan solo una juventud en Cristo y con la Iglesia. Alegre y solidaria”. Y continua: “Recorro las calles de Madrid estos días y me lleno de esperanza al ver a tantos jóvenes, de diferentes razas, culturas, y lenguas, pero todos unidos por la fe que crea comunión y alegría”.
La felicidad y fe del Monseñor (amén) no tendría nada de malo si la JMJ se hubiera dado en otras circunstancias y, sobre todo, en otro lugar. Madrid y casi todas las ciudades españolas, han sido escenario del movimiento 15M, el hecho histórico más significativo del país desde el fin de la dictadura de Franco. Un movimiento que debido a su complejidad de demandas profundas puede sintetizarse diciendo que se trata de una sociedad harta de una forma vida (política, económica y cultural). Una forma de vida al servicio de los grandes poderes políticos y económicos. Y la Iglesia ahí tampoco se salva.
Ahí, al lado de la esperanza que ve en los jóvenes con rosarios en mano, el 46,3% de los españoles declara su “falta de confianza en un futuro prometedor” y más de uno de cada tres considera que “por muchos esfuerzos que uno haga en la vida nunca se consigue lo que se desea”.
Los indignados han resistido por meses, han hecho recordar al mundo de que indignarse es un derecho y le han hecho entender a millones alrededor del mundo de que no se trata de una depresión o tristeza personal, sino de un sistema político y económico injusto.
Frente a esto, la llegada de la celebración del JMJ a la ciudad que le pertenece al 15M (sí, le pertenece) no parece más que un acto de cinismo y perversión. Igual las palabras del arzobispo de Piura. Los enfrentamientos de ayer por la tarde dan prueba de ello.
Este egoísmo por parte de la Iglesia no hace más que dar razón a Marx cuando escribió: “La abolición de la religión como felicidad ilusoria del pueblo es una exigencia para su felicidad real”. Y si es pues que “la crítica deshojó las flores imaginarias que adornan nuestras cadenas, no para que el hombre lleve sus cadenas prosaicas y desoladoras, sino para que se las arranque y recoja la flor viva”, esto se ha dado, a su imagen y semejanza, en el movimiento 15-M.

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