Algo inquieta con eso del año de “Machu Picchu para el mundo”, más allá de la frustración de haber perdido un año del centenario de José María Arguedas y del alivio de no estar celebrando nuestra gran flota de submarinos.

En todo ese debate de comienzo de año, mucha gente se vio sorprendida al enterarse de que tan solo hace cien años se había descubierto MP. He ahí el dilema. Lo que sorprendía era que, de pronto, MP ya no era el del pasado milenario de los incas, sino el descubierto hace una centena de años.
Descubrir
Un “descubrimiento” lo que hace -entre otras cosas, me imagino- es dar a conocer algo a otros, al mundo. Conferirle una vida pública. En el caso de un lugar histórico como MP permite, con el tiempo, que se convierta en un lugar turístico y, por lo tanto, conferirle un valor económico.
Durante este último gobierno este carácter turístico ha sido explotado y beneficioso para el país en muchos aspectos, no solo el económico. Pero esto no debe hacer olvidar el verdadero valor de MP.
Y si de “descubrir” se trata, el descubrimiento de mayor valor radica en la posibilidad real de vivir en armonía con la naturaleza, sin sobrarse ante en ella, sino entendiéndola y siéndole recíproco. Como dice el comercial ese: “descubrieron que la montaña y la ciudad eran lo mismo” (o algo así). Y esto, en primer lugar, lo hicieron los incas hace miles de años.
Darle mayor importancia al “descubrimiento” es despojar a MP de su real autoría. Toda la parafernalia de estos días termina siendo un agradecimiento a Hiram Bingham y su gente (que es el punto de referencia que se toma), antes que un homenaje al pasado incaico al que tanto manoseamos cuando nos conviene.
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